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Gonzalo Torrente Ballester

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            Igual que, después de disfrutar de una buena película, no me apetece ver ninguna otra y ha de pasar un tiempo antes de que una nueva me conmueva; cuando alguna lectura me impresiona tanto como me ha impresionado leer De ratones y hombres, de John Steinbeck, sé que, durante un tiempo, me costará encontrar algún libro que me enganche; sé que todo aquel que empiece me sabrá a poco… Pero, así como se puede dejar de ver cine hasta que vuelva a apetecer, es imposible dejar de leer. La solución, para no empezar uno y otro sin acabar ninguno, es recurrir a los que para mí son valores seguros: Pérez Galdós, Haruki Murakami, Cortázar, González Ledesma, Cunqueiro, Paul Auster… por citar algunos, entre los que tampoco puede faltar Gonzalo Torrente Ballester, que es a quien he elegido para consolarme de que el relato de Steinbeck fuera tan corto.

            Hoy mismo llegaré al punto y final de Cuadernos de La Romana y, mientras me ha durado su lectura, he tenido la impresión (todo el tiempo), de estar leyendo un “blog” que hubiera sido escrito años antes de que se inventara Internet: Comentarios en primera persona sobre sus viajes, sus lecturas, sus clases en el instituto, la creación de sus novelas, los encuentros con amigos más o menos famosos, las comidas, las cartas de sus lectores… Ha habido un momento en el que he creído que yo mismo iba a aparecer en sus páginas. Aunque nuestro encuentro, en su casa de Salamanca, fue nueve años después de la edición de este libro.

            Siempre creí que yo no había conocido a Gonzalo Torrente Ballester hasta que fue nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua en 1975... Recuerdo que lo supe por el desaparecido e inolvidable Pueblo, “diario de la tarde”, y que me indignó que a un total “desconocido” (que ridícula es la ignorancia), con esos aires de pedante, se le otorgara tanta importancia… Pero sólo dos años después, siguiendo la recomendación de mi entrañable amigo Agustín Cortés, me enfrasqué en la lectura de La saga/fuga de J.B., a la que le dediqué ininterrumpidamente casi las veinticuatro horas del 11 de septiembre de 1977 (doy tantos detalles para que se vea como me impactó). Ahora sé que yo ya había visto escritos de y sobre él tanto en el suplemento literario de Pueblo como en La Estafeta Literaria, pues aún conservo algunos ejemplares de mi adolescencia en los que aparece, auque yo no me hubiera aprendido su nombre… Y, además, era el autor de Aprendiz de hombre, uno de los libros de texto que tuvimos en bachillerato en la asignatura de “Política” (oficialmente “Formación del Espíritu Nacional”)

            Después de que yo leyera aquella primera novela, algunas otras como Fragmentos de Apocalipsis, La isla de los Jacintos Cortados o Don Juan, y otro cuaderno de bitácora literaria (así se definió en  1982 a Los cuadernos de un vate vago), Torrente Ballester se hizo popular con la versión televisiva de su trilogía Los gozos y las sombras y obteniendo los premios Cervantes de Literatura (en 1985) y Planeta (con Filomeno, a mi pesar, en 1988).

            Entre la televisión y el Cervantes, en la primavera de 1984, tuve ocasión de conocerlo personalmente, en su casa de Salamanca. Viene al caso recordarlo ahora, que lo estoy volviendo a leer; aunque reconozco que para mí fue una experiencia tan importante que, siempre que tengo la oportunidad, hablo de ello… aún sin venir a cuento.

            Viajaba camino de Las Hurdes, siguiendo los pasos de Buñuel, cuando me paré en Salamanca para visitar a Pilar Martín, a la que hacía años que no veía y que había sido mi profesora de Literatura el último año de bachillerato. Cuando acabó el curso y nos despedimos creyendo que era para siempre (luego tuvimos ocasión de encontrarnos muchas veces), me regaló un ejemplar de Rayuela y una lista de lecturas que me serían imprescindibles para convertirme en un buen escritor (empezando por esa novela de Cortázar). Es obvio que no las hice todas pero, en la terraza de su ático, cuando nos poníamos al día de las andanzas que, desde Córdoba, a ella la habían llevado a Salamanca y a mí a Castellón, y salió a colación mi apasionada lectura de La saga/fuga de J.B., ella me explicó que su autor vivía en la ciudad y que tal vez podría aprovechar mi estancia allí para conocerlo en persona.

            Me decidí a la mañana siguiente. Busqué su número de teléfono en la guía y lo llamé. Me citó en su propia casa. En una librería de su misma calle, para que me lo firmara, compré un ejemplar de su último libro publicado: Quizá nos lleve el viento al infinito, una novela que no me gustó tanto, pero que dan ganas de leer si se le oye hablar de ella a José Pablo Bordás. Gonzalo Torrente Ballester me dio dos bellas lecciones aquel día: Una, de sabiduría literaria, que nunca he olvidado; la otra, de generosidad, que no he llegado a entender hasta hace poco.

            Durante dos horas, aquel hombre sabio, novelista genial, miembro de la Real Academia y a punto de convertirse en Premio Cervantes, habló conmigo no sólo de su obra, sino de sus lecturas; de cómo lo había marcado la La Odisea; de cómo, antes de que los escritores latinoamericanos hicieran famoso el realismo mágico, el gallego Álvaro Cunqueiro ya los había superado en ese género; intercambiamos opiniones sobre una lista que Diario 16 había publicado por entonces con las diez mejores novelas del siglo en nuestra lengua, y entre las que estaba su Saga/fuga, junto a Cien años de soledad, La Colmena, Rayuela, Tiempo de silencio, El Jarama… Recuerdo perfectamente sus comentarios sobre cada una de estas obras, sobre sus autores, a muchos de los cuales había conocido personalmente.

            Ésa fue la lección literaria… La generosidad con que compartió su tiempo con un joven desconocido que llamó a su puerta, sólo he podido comprenderla cuando, a medida que me he ido haciendo mayor, me he vuelto más avaro del mío, más celoso de mi intimidad. Cuando uno regatea los minutos incluso a los amigos, porque vive convencido de que el tiempo no le alcanza para nada y, estresado, con prisa siempre, trata de esquivar a los meros conocidos y es cortante hasta la mala educación con los desconocidos, no puede menos

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18/05/2009 00:55 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

Regreso al Bosque Animado

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            Ganar un premio literario, por modesto que sea, siempre llena de alegría… Sobre todo cuando, como en mi caso, es algo que sucede muy de tarde en tarde. Pero el ganar este año el  Certamen de narrativa “Emilio Rodríguez”, en La Coruña, me ha supuesto otras dos satisfacciones: el compartir los “laureles” con Miguel Ángel Carcelén (que obtuvo el premio de poesía), y el tener una buena excusa para volver a Galicia, después de varios años.

            Lo primero fue pura coincidencia. Ni idea de que Miguel Ángel se hubiera presentado. Creo recordar que una vez coincidimos los dos como finalistas en uno que ni él ni yo ganamos, y en otras ocasiones (más de una), él ha obtenido alguno al que yo también me había presentado. Lo segundo, de alguna manera, fue como regresar de un exilio porque yo, nacido y criado en ese lugar de La Mancha al que todavía alcanzan a llegar las brisas del Mediterráneo, desde niño soñé con ese otro paisaje donde los campos siempre están verdes y los bosques son tan frondoso que si uno se adentra por sus senderos deja de ver la luz, donde la lluvia cae permanentemente sobre los grelos y maizales, sobre las huertas de tierra oscura y campos de patatas que nunca se cansan de dar cosecha, donde las casas se pintan de rojo, azul o amarillo para que los ojos no se cansen de ver tanto verde (tantos verdes), donde las aguas frías y bravías del océano entran tierra adentro y se confunden con los ríos que salen buscando el mar, donde todavía, embozados en las brumas y la niebla, se esconden los trasgos y fantasmas, las meigas, las almas de los muertos… Echaba de menos las rúas empedradas, los soportales que protegen de la lluvia a quien anda por las calles, el aroma a galletas y chocolate de las tiendas de ultramarinos, con estanterías de madera y latas de las que cuelgan los embutidos secos y los lacones ahumados, sobre una pila de hojas de bacalao que huelen a sal y hacen la boca agua; el pulpo ofrecido sobre una tabla y el dorado ribeiro servido en taza de loza; la leche espesa y humeante, que ya no permiten vender de puerta en puerta, recién ordeñada, con un cuartillo de latón, desde el que cae espumosa a la jarra de cristal…La dulzura de una lengua que, con sólo ser hablada, se hace canción; el sol que crece a medida que se aleja para ponerse detrás del mar, y tantos pueblos y ciudades de los que todavía conservo recuerdos: Mondoñedo, Lugo, El Barquero, Betanzos, Villagarcía, Padrón, Santiago, Mondariz, Sanxenxo, Pontevedra, Allariz, Ortigueira, Monforte, Ponte Caldelas, Baiona, Viveiro.

            Es evidente que escribo más de la Galicia que llevo grabada en  el corazón que de la que pude ver en un viaje tan fugaz. Apenas tuve tiempo para nada; quizás por eso decidí no llegar hasta La Coruña, sino hacer noche en el camino. Quería quedarme en un pueblo donde pudiera caminar sin sentirme empujado, cruzar las calles sin esperar a que me autorizara un semáforo, escuchar el canto del gallo y el mugido de las vacas, caminar sin prisa bajo los soportales, viendo llover y escuchando caer la lluvia desde los canalones, cenar en alguna taberna donde nadie supiese que son el “ketchup” o la mostaza…Tenía, además, otro motivo para no seguir conduciendo. Puesto que viajaba solo y con el tiempo suficiente, había decidido darme un capricho: Llegar al final del viaje en tren; no en un tren cualquiera, sino en el mismo tren que se marchaban a La Coruña los personajes de El Bosque Animado. Todo el mundo sabe la debilidad que siento por las novelas de Wenceslao Fernández Flórez; en realidad es, más que por sus novelas, por algunos de sus relatos, como La Casa de la lluvia o Unos pasos de mujer (los que siempre cito); pero comprendo que El bosque animado sea para muchos la mejor de todas sus creaciones. Yo no sé si a mí me gusta más la novela que escribió el gallego o la versión cinematográfica que hizo Rafael Azcona y que dirigió mi paisano José Luis Cuerda; en cualquier caso, reconozco el hechizo que ejercen sobre mí Geraldo, el pocero, Hermelinda, Marica da Fame, la bruja Moucha, los señores d’Abondo, el bandido Fendestetas y su cruz: el espíritu de Fiz de Cotovelo, el loco de Vos, Juanita Arruayo, Fuco, Pilara…

            Me quedé en uno de los pueblos que bordean la fraga, antes de llegar a Cecebre. Aparqué junta una impresionante iglesia neorrománica que se ha construido apenas hace cincuenta años. Nos asombra la construcción de templos enormes en la Alta Edad Media... hasta se escriben libros fascinantes con ese tema; pero a mí me parece más asombroso que se construyan ahora, como la de este pueblo, Guitiriz, como la Sagrada Familia, en Barcelona, o como la iglesia nueva de Yecla, cuya construcción en el siglo XIX  sirve de prólogo a una novela asombrosa, a una de las lecturas que más me han marcado: La Voluntad, de Azorín. Vi los roscos de maíz que, como reclamo, se asomaban a todas las pastelerías; fui andando a la estación, para asegurarme de que podría hacer el viaje al día siguiente y luego, mientras buscaba un hotel o un hostal donde alojarme esa noche, di con uno de esos viejos bares en los que, al borde de las antiguas carreteras, un rótulo anunciaban a los viajeros: “Comidas y camas”. Sentí la tentación de abrir la puerta de madera con cristales para ver si, atravesándola, entraba también en aquella época “en que una gallina costaba dos pesetas”… Pero lo que sigue, y unos comentarios que en ese mismo momento Pedro Almodóvar hacia en la televisión, he decidido guardarlo para un relato, que os contaré otro día. Ahora sólo te adelanto que dos mujeres, al otro lado de la barra, atendían a tres o cuatro paisanos que se quedaron en silencio en cuanto yo entré en el local. Una era poco más que una chiquilla y la otra no tan mayor como para que pudiera ser su madre; tal vez fueran hermanas, aunque el único parecido que les encontré fue el sonrosado color de las mejillas, el gris de los ojos tan común en las gentes de la tierra y un aspecto más de campesinas que de hosteleras. El cuarto que me ofrecieron era espacioso y limpio, con una enorme ventana desde la que, como aún no se había cerrado la noche, pude contemplar las últimas casas del pueblo y unos cuantos prados separados por cercas de piedra, en los que pastaban algunas vacas mientras la lluvia repiqueteaba en los tejados de pizarra. Las paredes de la habitación estaban desnudas, tan sólo un crucifijo sobre el cabezal de la cama y, como en mi infancia, para encender la luz, un interruptor de pera colgado de un cordón.

            Aún llovía cuando me levanté, pero ya había dejado de hacerlo cuando salí a la calle y, a pie, me dirigí a la solitaria estación para subir al mismo tren que, algunas paradas después, pero muchos años atrás, esperaba Geraldo para ir a cambiarse su pierna ortopédica; el mismo tren en el que llegaron las hermanas Roade, en el que un día huiría Hermelinda de su tía, Juanita Arruado, y en el que habría de volver (quién sabe si, como ella pensaba, para humillar a quienes la habían humillado o, como Pilara creía, atraída por el hechizo de la Moucha); el mismo tren del que Fuco robaba el carbón y en el que su hermana soñaba que, cuando fuese mayor, se iría a repartir leche a la ciudad. Me di el gusto de cogerlo también yo, me bebí el paisaje que con tanta belleza describe Fernández Flórez, miré emocionado la estación de Cecebre, donde todos esos personajes acudían antes o después, y seguí escudriñando, desde la ventanill

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06/05/2009 00:28 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Presentación de "Fuera del tiempo" (Francisca Gata Amate)

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            Hacía años que no volvía al Ateneo de Albacete para presentar un libro. Como la vez anterior, como siempre, se trataba de uno de Gata, de Fuera del tiempo, último poemario publicado de Francisca Gata Amate y premio “Odón Betanzos Palacios” en el 2008… Como la vez anterior, como siempre, en la puerta de la sala, Yoli, de la Librería Universitaria, vendía los ejemplares con una sonrisa y, en el interior, casi lleno (algo inusual en la presentación de un libro), muchas caras amigas, algún periodista, algún escritor local como Eloy M. Cebrián o Juan Lorenzo Collado Gómez.

            La autora me lo puso fácil al presentarme como amigo, como escritor, como editor de su primer libro… Sólo se le olvidó un detalle (quizás ella no lo sabía), aclarar que yo no entiendo de poesía. No es que no me guste la poesía… Es que aún no he pasado de la lectura de los poetas de la Generación del 27, tal vez alguno de la del 50. Siempre he sido malo para esto de los versos… Será que leí a Bécquer demasiado pronto o a Neruda demasiado tarde (ya lo dije una vez).

            Lo que a mí me gusta de Gata son sus novelas, tan duras y poéticas a la vez. Pero aceptar la presentación de su libro me hizo plantearme qué entiendo yo por poesía y darme cuenta de que ésta no lo es si no te despierta emociones; y no te despierta emociones si no es universal… Si alguien nos escribe de su dolor o de sus sentimientos amorosos (por poner algún ejemplo), lo más probable es que nos digamos “¿y a nosotros qué nos importa?” Pero si al leerlo conseguimos sentir que eso mismo es lo que sentimos o hemos sentido y no hubiéramos sabido decirlo mejor, entonces será poesía. La medida de los versos, la rima o la cadencia en la acentuación de las palabras, como el uso de las metáforas, las aliteraciones u otros recursos, no hacen la poesía, pero pueden ayudar al poeta a distanciarse de sus sentimientos para ajustarlos con una técnica que consiga hacerlos de todos sin dejar de ser suyos.

            Pero todo esto no deja de ser una idea que a muchos les parecerá más que discutible y que, por supuesto, no me autoriza a presentar ningún libro de poemas. Así es que si tuve la osadía de hacerlo no fue, obviamente, como experto en poesía, sino en calidad de amigo de Francisca Gata y, un poco también, porque fui el editor de su primera novela, El Palacio de la Sífilis.

            Claro que el que me considere su amigo no quiere decir que sepa mucho de ella. ¿Qué es lo que sé de Gata? Después de tantos años, casi nada que no aparezca en las solapas de sus libros o tecleando su nombre en la correspondiente barra de un buscador de Internet. Es decir…

… Que nació en Monesterio (Badajoz), estudió Geografía e Historia en la Universidad de Murcia y reside en Albacete desde su infancia.

… Que se considera una autora disciplinada y prolífica, a la que inspiran temas como el amor y la muerte.

… Que desde bien pequeña ha sabido que, aunque estudiara otras cosas, su meta era escribir.

… Que escribe siempre por las mañanas, a veces desde las cuatro de la mañana, y todos los días.

… También que es una gran lectora: Capaz de leerse un libro al día… Y esto puedo constatarlo, sin necesidad de ningún buscador, porque de lecturas es de lo que más hablamos las pocas veces que nos vemos, cuando nos llamamos por teléfono y, últimamente, a través del correo electrónico.

      Se publicó, con motivo de su primera novela, que era una escritora de febril imaginación e incansable pluma… Una docena de años después, la lista de sus títulos se va haciendo larga (pese a que no siempre la fortuna la acompaña como autora y sus méritos son mucho mayores de lo que va quedando reflejado). Dejando a un lado sus muchas obras inéditas, diversas colaboraciones y las antologías en las que se le ha incluido, a aquel Palacio de la Sífilis hay que sumarle novelas como Fin del lamento y Ella anda sola, más poemarios como La celda y el mar, El felino dormido y Creación, que antecedieron a este Fuera del tiempo que presentamos el pasado jueves. En definitiva “una verdadera artesana de la lengua que trabaja día a día con tesón y que durante años viene trabajando intensamente para ofrecer a los lectores frases bellamente construidas y personajes magistralmente dibujados”. Ella misma se considera una escritora muy dura, de verbo desgarrado, a quien inspiran los grandes temas, como la muerte y el amor… Pero muy sacados de su lugar convencional, nunca de la manera habitual.

      Todo esto lo mencioné para explicar mi amistad con Francisca Gata… Pero, como antes he dicho (y ella recordó a quienes vinieron a la presentación), también fui el editor de su primera novela; algo que cada día dará más valor a mi propio currículo, porque seguirá siendo así siempre, incluso cuando ella sea una escritora de reconocido prestigio… Y me sentiré tan orgulloso de ello como hoy me siento: Aquella novela, veinte años después, me sigue pareciendo pura poesía; una poesía sin versos (sin versos de Gata, que sí los tiene de Espronceda); una poesía que quizás no tenga nada que ver con la de sus libros de poemas, con los versos que componen este último libro, Fuera del tiempo, que yo ya había leído en la pantalla del ordenador y que, según palabras de la propia autora, prosigue las tendencias actuales y no se deja anquilosar a las ataduras de la rima, de forma que sólo se pliega a la lírica y a cierto ritmo, ya que la rima se encuentra un poco sentenciada porque impide adentrarse en fronteras más profundas y en su ejecución uno siempre corre el riesgo de caer en el ripio.

      Cuando, desde periódicos andaluces y extremeños, nos llegaba la información del premio que al poemario se le había concedido, el primero de la XXIX Edición del prestigioso “Odón Betanzos Palacios”, leí este preciso juicio: “Dicen que el corazón atormentado y en sus últimos

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05/04/2009 14:04 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 3 comentarios.

Deviantart: Aprendiendo de Julie

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            En un par de ocasiones he aprovechado las páginas de este “bloc” (cambio adrede la g por la c), para hacer un recorrido por las que suelo visitar: las de los escritores amigos a las que aparecen enlaces en la columna de al lado, y otras que tienen que ver con los temas que me interesan además de la literatura: el cine y la fotografía, la gastronomía, los viajes… Me propuse, sin embargo, la última vez que organicé este cuaderno, que del mismo modo que hablo de un libro o de un autor, dedicaría alguna que otra vez esta sección de “Autores, libros, páginas, películas...” a alguna de las que más me encantan.

            No lo había hecho hasta hoy.

            Lo hago de la mano de Julie Paola, mi hija mayor que, a punto de cumplir los veintiún años y acabando en la Universidad el segundo curso de Bellas Artes, lejos ya de la niña de trece que conocí o la adolescente que, con los quince recién cumplidos, llegó a vivir a España, me abre nuevas ventanas al conocimiento y me enriquece con sus aportaciones: películas, libros, planteamientos, páginas que sin ella quizás no hubiera llegado a conocer.

            La página de “Deviantart” estaba desde hace mucho tiempo entre mis favoritos. La había encontrado de casualidad y la había guardo por la ingente cantidad de imágenes que ofrece: dibujos que se contemplan con fascinación y fotos que nos llevan más allá del arte. Ahora, hace unas semanas, Julie volvió a hablarme de ella porque, entre las de millares de artistas de todo el mundo, también pueden encontrarse aquí las obras de algunos de sus amigos y compañeros de facultad: César Sebastián, al que he conocido personalmente, Adrián Bago y Blás René Parra. Pinchando en sus nombres podréis asomaros a sus dibujos; desde cualquiera de ellos podréis ir pasando a otros dibujantes, fotógrafos, poetas, animadores...

            También podéis entrar directamente en la página principal (ésta es la dirección: http://www.deviantart.com/). Estoy seguro de que os vais a sorprender.

            ¡Ah! En la foto Julie y yo el verano pasado, el día que cumplió los veinte años.

26/03/2009 00:56 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Una lección de Luis Leante

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            Luis Leante, que tiene nombre de escritor y vida de escritor, es escritor.

            Luis Leante no es escritor porque haya escrito y publicado un par de colecciones de relatos y un puñado de buenas novelas (“Al final del trayecto”, “La edad de Plata”, “El vuelo de las termitas”, “Mira si yo te querré” y “La Luna Roja”, entre otras)… Ni es escritor porque haya ganado algunos premios como el Alfaguara, el Ciudad de Irún o el Rodrigo Rubio… Luis Leante es escritor porque escribe cada día y porque, además de hacerlo con una pulcritud y con una minuciosidad que sólo se pueden conseguir a base de mucha dedicación y trabajo, lo hace con genialidad, algo que nos está vedado a la mayoría y que marca la verdadera diferencia entre un escritor y “uno que escribe”.

            A Luis Leante ya lo he citado más de una vez en las páginas de este blog, y hace tiempo que desde aquí (desde la columna de la derecha), podéis acceder al suyo. Si hoy vuelvo a ocuparme de él es porque, como os he dicho al principio, además de tener nombre de escritor y de serlo, vive vida de escritor.

            Yo lo conocí en el año 1997, cuando ganó el Premio de Novela “Odaluna”,  uno de los que conformaron el I Certamen Literario Emilio Murcia, en Villatoya. Con el tiempo le oí contar la historia de aquel día; cómo equivocó el camino y llegó a un balneario que entonces estaba abandonado, casi en ruinas, y empezó a creer que alguien le había gastado una broma y lo había llevado hasta un lugar que parecía recrear uno de los escenarios de su novela. Cuando uno se lo oía contar se daba cuenta de que Luis Leante es capaz de convertir en literatura cualquier tipo de experiencia, por nimia que sea; así, aún no conociéndolo tanto ni habiéndolo visto tantas veces, me ha sido fácil reconocer  en “El vuelo de las termitas”, rincones toledanos que recorrimos juntos una noche, cuando la estaba redactando, o experiencias de sus viajes a los campamentos saharauis en “Mira si yo te querré”.

            Ahora me entero, por dos vías a la vez, de que Luis ha pasado una noche en la cárcel, de que ha estado casi 48 horas detenido e incomunicado. Me  pasó Eliana el recorte de prensa, a la vez que Francisca Gata me hacia llegar la noticia aparecida en Internet, el comentario al que lleva este enlace y cuya lectura os recomiendo. Como podéis suponer, el motivo para ser encarcelado en este país, donde resulta tan difícil ir a prisión por cometer delitos, ha sido un acto de rebeldía: arrancar las cámaras de videovigilancia con las que  la Dirección del Instituto en el que trabaja pretende espiar las clases que imparte de Latín… A algunos les podrá parecer una situación cómica, esperpéntica; a otros les dará miedo y les hará recordar al Gran Hermano que profetizó Orwell y que, no con muchos años de retraso, va invadiendo con sus cámaras todos los lugares y extendiendo su mirada por todos los rincones… Quizás haya quienes, acostumbrados ya a la muda presencia de esos ojos que nos contemplan por todas partes, no entiendan ese arrebato de ira y de rabia (según las propias palabras de Luis Leante, en un acto de contrición, fácilmente entendible, pero que no compartimos quienes no tenemos que responder ante el Juzgado). Yo no me río (porque no hace ninguna gracia que alguien a quien aprecias como persona y admiras como escritor haya pasado casi cuarenta y ocho horas sin saber si es de día o de noche); pero tampoco me extraño lo más mínimo: Si algo resulta peligroso para este sistema es la cultura; el conocimiento es su mayor enemigo; siendo así, ¿quién puede generar más desconfianza que un profesor de Latín?, ¿quién se puede presumir más sedicioso que un adolescente dispuesto a aprender una “lengua muerta”? Hay que vigilarlos muy de cerca.

            Los alumnos y la mayoría de los docentes del Centro se han puesto de su parte. En las ventanas del instituto han aparecido pancartas que lo apoyan y en contra de las cámaras de videovigilancia. Quizá para algunos directivos y gerifaltes este apoyo de los jóvenes a Luis Leante sea una prueba más de su culpabilidad. A mí me hace pensar todo lo contrario: que su acto de rebeldía mereció la pena. En contra de lo que él mismo ha manifestado después (“es impropio de un profesor que tiene que dar ejemplo y me hace plantear si yo puedo ser un modelo de educación”), estoy convencido de que ésta ha sido una importante lección para sus alumnos; puede que alguno de ellos, en un futuro no tan lejano, de su recuerdo saque el coraje necesario para no dejarse  conducir al redil, junto al resto de los borregos y bajo la vigilante mirada de una cuantas videocámaras.

            … Y que todo esto no nos haga olvidar que, aparte de tener nombre y vida de escritor, Luis Leante es un escritor al que merece la pena leer. Su última novela, “La Luna Roja”, acaba de publicarse y ya nos está esperando en los estantes de las librerías, junto a esos otros títulos que ya he recomendado en más de una ocasión.

10/03/2009 00:22 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 6 comentarios.

La próxima novela de José Saramago

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       Antes de colgar este artículo en el blog (antes de hacer un asiento más en este cuaderno de bitácora), he tenido que averiguar si ya ha salido a la venta el nuevo libro de José Saramago, El viaje del elefante; su lanzamiento está anunciado para este mismo otoño. Afortunadamente aún no se ha puesto a la venta, aún no está en las librerías y yo puedo hablar tranquilamente de él... sin haberlo leído.

       Parece que no tenga sentido escribir sobre un texto que no se conoce (y no es que lo parezca, es que es así). Pero que nadie se asombre, yo no voy a hacer ninguna crítica de sus páginas ni, por supuesto, voy a recomendar o desaconsejar su lectura; para lo que sí me va a servir esta novela, quizás ya impresa, pero que no se podrá comprar hasta dentro de unas semanas, es para contaros que yo me enteré de su existencia hace un par de meses, cuando preparaba mi viaje a Salzburgo y supe que el escritor luso se inspiró en un restaurante de aquella ciudad, “El Elefante”, para iniciar su escritura. Pensé que igual que, como el resto de los turistas, me haría un foto ante la casa en la que nació Mozart, o visitaría los lugares en los que se rodó Sonrisas y lágrimas, rescatando muchos recuerdos de mi primera juventud; acudiría una tarde a tomar un café en ese lugar y tal vez, sentado ante un velador de mármol, también yo empezaría a escribir una novela.

       Siempre que he viajado me ha gustado visitar los lugares relacionados con los libros o los autores que me han gustado. Guardo con cariño las fotos que me he hecho en casi todos los parajes que fueron escenario de las aventuras de Don Quijote: desde la Cueva de Montesinos a la playa de “Barcino”, desde los molinos de vientos de Mota del Cuervo o Campo de Criptana a Sierra Morena... sin olvidar la iglesia o la Casa de Dulcinea en El Toboso, alguna que otra supuesta venta manchega en cuyo patio se rememora el nombramiento de Alonso Quijano como caballero andante, o la cueva de Medrano, antigua cárcel de Argamasilla de Alba en la que se supone que Cervantes empezó a escribir su obra maestra. He viajado adrede hasta Galicia para buscar “Gondomil”, la aldea en la que transcurre uno de mis relatos preferidos: La casa de la lluvia, de Wenceslao Fernández Flórez; y he aprovechado mi paso por otros lugares para leer y fotografiarme, con un libro suyo entre las manos, ante las casas de autores como Juan Ramón Jiménez (en Moguer), Kafka (en Praga), Rosalía de Castro (en Padrón), Gabriel y Galán (en Guijo de Granadilla), Teresa de Jesús (en Ávila), Álvaro Cunqueiro (en Mondoñedo) Pablo Neruda (en Isla Negra), por citar sólo a los primeros que me vienen a la memoria... Dos viajes siguen pendientes: el Dublín de James Joyce y el de Aracataca (o Macondo, como él le llama), de Gabriel García Márquez.

       Hassan y Mónica (mis amigos austriacos, aunque él sea iraní y ella chilena), se desvivieron por lograr que mi estancia en Salzburgo también se convirtiera en un recuerdo bello e inolvidable; no sólo me acogieron en su casa con generosa hospitalidad, me hicieron partícipe de sus amigos y me enseñaron todos los rincones de la ciudad (casa natal de Mozart y escenarios de “Sonrisas y lágrimas” incluidos), sino que, además, como yo les había pedido, me llevaron un mediodía a “El Elefante”, que no era una cafetería, como yo había imaginado en un principio, sino un hotel y un restaurante. No pude inspirarme allí (y ha tenido que pasar casi un mes para que pueda convertir el recuerdo en palabras), pero me hice la foto junto al elefante de madera que le da nombre.

       José Saramago es un autor que siempre me atrae. Sus títulos me resultan sugestivos y sus argumentos tentadores, pero luego no termina de engancharme cuando lo leo. Un fragmento de la novela aparece en su blog (puede leerse pulsando aquí). A mí no me ha gustado (tampoco esta vez); pero, después de lo que acabo de contaros, estoy seguro de que si un día pudiera alojarme en ese hotel, me la llevaría como libro de cabecera y la leería con mucha ilusión.

19/11/2008 20:02 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

De los cien años de Francisco Ayala

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Hoy es 25 de julio, día de Santiago Apóstol. Seguro que, cuando termine de escribir este correo y me ponga a enviároslo a todos vosotros, ya será miércoles 26, San Joaquín y Santa Ana. Ya nadie celebra las onomásticas, pero yo todavía recuerdo la ilusión que me hizo la primera vez que recibí un telegrama, en plena feria de Casas Ibáñez, un 31 de agosto, cuando aún no habría cumplido los 10 años. Me lo mandaron, para felicitarme, mi tía Esperanza y mi prima Esperancita, abuela y madre (respectivamente), de la famosa Cañizares de “Cámara Café”; aunque hay mucha gente que no se cree que Esperanza Pedreño (la actriz que la interpreta), sea mi prima… También recuerdo que un 25 de julio Santi nació en Villatoya; era el hermano pequeño de mi amigo Ramón y, parece una tontería, pero es de esas cosas que no tienen nada que ver contigo y que, sin embargo, nunca olvidas. Ayer, justamente, después de muchos años, volvimos a nombrarlos, a mi amigo, a sus hermanos, a sus padres (que ya han muerto), a sus parejas (de quienes ya se han divorciado)…

            Se me olvidaba puntualizar que esto no es una carta. Tal vez sea una circular con la que trato de disculparme, ante la gente que quiero, por no haber escrito antes. Como no se trata de nada personal (aunque a lo mejor luego salgas por ahí, que para algo eres importante en mi vida), podrías considerar que éste es un correo basura y enviarlo directamente a la papelera…  Pero yo, por si acaso, seguiré escribiendo hasta que me tenga que acostar. A lo mejor piensas que hubiera sido mejor y más práctico escribir un poco a cada uno de quienes “debo carta” y decirle a cada cual lo que querría oír… Pero es que esto no quita lo otro, esto no me deja en paz contigo. Te sigo debiendo una carta más personal; por eso insisto en que, si no te apeteces, no tienes porque seguir leyendo.

            Esta mañana me han dicho en La Lola (restaurante de Casas Ibáñez que te recomiendo, si algún día quieres comer algo diferente y que merezca la pena), que quieren organizar algo, una comida o un picoteo, algo a lo que yo pueda aportar mi “famosa” tosta “Amaretto”; la receta con la que gané el premio. A lo mejor aún hay gente que no se ha enterado de que, por una vez, en vez de obtener un premio literario, conseguí uno de cocina. Le he estado contando al hijo de Lola que la receta fue una de las diez finalistas y que por eso tuve que irme a Madrid, a elaborarla delante del jurado final, en la Escuela de Hostelería de la Comunidad de Madrid. Allí quedé el tercero, pese a que quizás la mía era la más simple de todas, aunque creo que la más original, puesto que me atreví a mezclar jamón ibérico con licor de almendras amargas (de ahí el nombre de Amaretto). Quienes quieran saber más detalles, que pinchen aquí y los podrán encontrar todos, con alguna que otro foto mía (y de los otros concursantes, claro) y todas las recetas finalistas.

            Me decía Miguel Ángel Carcelén que esto no debería contarlo así, sin más, que debería escribir un cuento. No sé. Pero ya que lo menciono (pese a que a él no le voy a mandar esta carta), te voy a recomendar que, si puedes, leas su libro Las mentiras verdaderas; la primera edición se agotó en sólo unos días y de la segunda, por lo que parece, tampoco quedan ya ejemplares, así es que es difícil conseguirlo en librerías, pero puedes buscarlo directamente en la página de la editorial, uno de los enlaces que os ofrezco  y que es de visita obligada por varias razones y, algunas de ellas (aunque no todas ni las más importantes), tienen que ver conmigo: Es la editorial que acaba de sacar mi libro de relatos “Historias de gente sin historia” y, además, es una editorial solidaria (creo que la única), que dedica todos (pero todos todos), sus ingresos a apoyar proyectos de desarrollo en el tercer mundo… Y los de este año de 2006 los están entregando a los proyectos que yo me traje de Colombia en mi último viaje: la construcción de un albergue para ancianos desamparados (éste ya está casi cubierto en lo que me comprometí: la compra del solar y de los primeros matinales para la obra), y el mantenimiento de un orfanato para niñas que han sufrido todo tipo de violencia, en la guerrilla o en los campamentos de desplazados por la violencia… Seguramente ya te he dado la matraca con este tema más de una vez; así es que no voy a insistir más, pero en la página de la editorial puedes ver algunos detalles en el enlace que dice nuestros proyectos en Colombia y que, además de aquí, aparece en varios sitios de la página principal… Por cierto que sepa mi desconocida y joven amiga Anita Lechuga, si ha llegado hasta aquí, que en Publicaciones Acumán también puede conseguir mi libro El Cerro de los Cuchillos, aunque no fue editado por ellos.

            Estuvimos descansando unos días en la playa, en Mojácar (La imagen es la reproducción de un cuadro que se llama "Mojácar Night" de Sarah McEneaney’s). Eliana y los niños se pasaban las  horas en el agua. Yo prefería quedarme leyendo en la terraza de la habitación, que también daba al mar. Además del libro de Miguel Ángel Carcelén, me leí Historia de mis calles de Francisco González Ledesma. Un verdadero placer que me obligó a recordar los viejos tiempos de la Editorial y de aquel entrañable certamen de cuentos cortos-cortos, que tantas satisfacciones nos dio y, entre otras, las de que un día este hombre sabio y bueno se sentara a nuestra mesa (acompañando a su hija Victoria, la responsable de los temas culturales en la revista “Mía”, que había ganado un tercer premio), y estuviera con todos nosotros, sin hacer ninguna ostentación de su calidad como escritor, de sus publicaciones con las editoriales más importantes del país, de sus premios (el Planeta entre otros)… con toda la humildad y sencillez con que se muestra en esta biografía suya que también te recomiendo, os recomiendo.

            Por cierto que, ya que estaba en Andalucía, aproveché para comprarme (¡en un chiringuito de la playa!), un libro de relatos de Francisco Ayala (Historia de Macacos), porque además de ser andaluz acaba de cumplir cien años. Aún no he acabado de leerlo, pero el primer relato, el que da título al libro, desarrolla un tema que hace años yo venía imaginando para una novela que nunca fui capaz de escribir… No es la primera vez que me pasa esto de que, después de meses o años imaginando algo, me lo encuentro hecho. Pero es sólo una anécdota. Otra que, como cada año en la playa, me fui a buscar la biblioteca del pueblo, en la que nunca me tropiezo con otros veraneantes o turistas (de hecho, casi siempre están vacías, ya sea en el Rincón de Lois de Benidorm, en Playa de Aro o, esta vez, en Mojácar); en ésta no pude aguantar mucho porque hacía un calor espantoso y los libros estaban revueltos y amontonados sin orden por todos los rincones… un poco como

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06/11/2008 00:19 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Hoyos, cuerdas y salamandras

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Creo que la última vez que aquí recomendé expresamente algún libro fue, hace más de tres meses, el de Alta fidelidad, de Nick Hornby; aunque después haya mencionado también el de Francisca Gata (Creación) y el de Carles Cano (Cuentos para todo el año)… Luego he leído otros, de los que no me ha apetecido hablar, no quiero decir que me parecieran malos, pero no me sentí motivado a hacerlo (Lugar de perdición de Julien Green, tan lejos de aquel Cada hombre en su noche, que tanto me impresionó siendo adolescente; El perfume, de Patrick Süskind, del que tanto me habían hablado y que me resistía a leer temiendo que, como al final ocurrió, terminase pareciéndome sólo un ejercicio de taller; Igual que un colibrí, del prolífico Miguel Ángel Carcelén Gadía, tantas veces mencionado en este blog y del que me sigo quedando con su Cólera y azogue para Ailene, ¡Ojalá que nos veamos en Macando! o, mejor aún, ¿Oíste al mirlo silbar mi nombre?)... Seguramente algún otro que ni siquiera voy a mencionar pues os aseguro que, pese a mi empeño de contar lo que leo, mi criterio no es el mejor… ni siquiera de los mejores.

            Hace poco le expliqué a Luis Leante por qué no me había gustado tanto su Academia Europa (no es que no me hubiera gustado, es que la consideré muy por debajo de Al final del trayecto, Mira si yo te querré u otras novelas suyas como La edad de plata o El vuelo de las termitas); pues me confiesa él que no sólo es su novela preferida, sino que, al parecer, también de sus editores, que la van a reeditar en la colección de bolsillo “Punto de Lectura”. No os lo cuento sólo para recomendaros que aprovechéis para leerla (y así os formáis vuestra propia opinión), sino para que veáis que no tenéis que hacerme demasiado caso.

            Tres veces he formado parte de un jurado literario. Una de ellas fue un verdadero desastre y no quiero contarla porque la culpa no fue mía (aunque eso no cambie el lamentable resultado). Otra fue en el “Flor de Cactus”, en Gandía; se premió (no por unanimidad, pero sí por mayoría de votos… y eso me hace sentir culpable), una narración que no gustó a nadie; incluso el autor se mostró sorprendido y me preguntó qué clase de jurado era el que había dado el premio a un relato como el suyo (no era una pose, no era una parodia del famoso chiste de Groucho Marx, negándose a entrar en un club en el que se admitan socios como él… estaba verdaderamente desconcertado), y lo peor es que, cuando vuelvo a leerlo, me sigue gustando. La última ocasión que quería mencionar fue en el “Antonio Machado” de Casas Ibáñez: Se premió un relato escrito con todos los tópicos requeridos para ganar unos juegos florales de pueblo, y por un autor especializado en repetir esa fórmula una y otra vez con ese único fin… en mi defensa alegaré que mi propuesta fue la de que se declarara desierto y que, sólo por las razones argüidas por los organizadores para que se otorgase a alguno de los relatos, apoyé al que me pareció más digno de premio.

            ¿Cómo, entonces, después de todo lo que os acabo de confesar, me puedo atrever a recomendaros un libro? Pues no es sólo por inconsistencia, es que hay lecturas que me fascinan hasta tal punto que no lo puedo callar. Y eso es lo que me está ocurriendo con Hoyos, novela juvenil del norteamericano Louis Sachar.

            Creo que un escritor es realmente bueno y su obra merece la pena leerse si, contándote que lo único que tienes que hacer o que puedes hacer cada día de tu vida es cavar un hoyo que tenga metro y medio de profundidad por metro y medio de diámetro, consigue intrigarte y transmitirte todo tipo de emociones… ¿no es ésa la magia de la literatura? Siempre que alguien quiere escucharlo, le cuento un relato que, aunque nunca he podido leer, oí una vez en televisión y me impactó de tal manera que nunca he podido olvidarlo: Lo único que contaba es que un anciano recogía las cuerdas que se encontraba y que, cuando murió, su nieto halló la caja en la que las guardaba…sólo eso, pero narrado de tal forma que al oír la palabra “cuerdas”, escrita por el abuelo en la tapa, la emoción me empañó los ojos.

            Hoyos me trae el recuerdo de otro libro asombroso: El vigilante de la salamandra, de Félix J. Palma, cuentista excepcional que, en el relato que da título al libro, nos narra el trabajo de un hombre, consistente en vigilar cada día, durante ocho horas, una salamandra que toma el sol en una tapia… ¡y que nunca se mueve! Aún así, al genial autor gaditano, le sobra argumento para mostrarnos el alma humana con buena parte de sus miserias.

            Y esto es lo que hoy quería deciros, mientras encuentro tiempo e inspiración para escribir otra cosa, que lo estoy pasado muy bien leyendo a Louis Sachar, que me he acordado de los relatos de Félix J. Palma y que, si alguno de vosotros conoce el cuento de las “cuerdas”, no dejé de pasármelo o de darme alguna pista para encontrarlo.

01/04/2008 00:04 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

De cómo Francisca Gata pinta con palabras

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              Cuando, hace ya bastante más de un año, anuncié que algún día hablaría de Francisca Gata en este apartado de “Lo que escriben mis amigos” e, incluso, adelanté esta foto con la que os la presento a quienes no la conozcáis personalmente; aseguraba que lo haría con uno de los poemas de su último libro por entonces: Detalles (poemas sobre lienzo tercero), aún inédito; pues aunque tras la primera lectura le dije que no me había gustado tanto como La celda y el mar, al final no resultó ser cierto sino que, simplemente, tardé algún tiempo en darme cuenta de toda la belleza que encierran esos versos suyos en los que pinta con palabras (como en Creación, su último poemario publicado).
            Siempre he sido malo para la poesía… Será que leí a Bécquer demasiado pronto o a Neruda demasiado tarde… O será, simplemente, que a mí lo que me gusta de Gata son sus novelas, tan duras y poéticas a la vez; especialmente Tras el canal, de la que ahora rezonga y se niega a publicar y, por supuesto, El Palacio de la Sífilis, de cuya presentación en Cartagena, hace ya diez años, he rescatado una reseña, que voy a pegar al final de sus textos, para quienes queráis leerla.
            Sí, he dicho “textos”, en plural, porque no he resistido la tentación de presentaros a Paca en ambas facetas: la de novelista y la de poeta. Empiezo, pues, con uno de sus poemas y continúo con la presentación que hace, en las primeras páginas del relato, de Mario, el Estudiante, el protagonista (junto a la casa), de El Palacio de la Sífilis… Hoy sólo os escribo de lo que escribe; queda pendiente, para otra ocasión y otro lugar del blog (“Amigos, conocidos y gente de paso”), hablar de ella como amiga…
 
El pintor pintando un plato de pescado
 
El mar en plato llano, el mar vencido,
humillado, abrazando
el ataviado esqueleto de una de sus víctimas
ya anclada. Ya en el infortunio de no ser
o ser en lienzo. O ser engendro
cuando fuera la hermosura.
Qué soledad de escamas
trae la noche.
Qué soledad de frío navegando al puerto
sin salida,
sin escape,
cerrado pues que hiede su contemplación,
pues que palpita esa otra belleza
de la muerte.
Pues que el pincel ordenó
la auptosia
y sin coartada, sólo esa huella de eterna inocencia.
Qué soledad del alma si no hay alma,
si cumple su final
como ser vivo nutriendo el estercolero.
 
            El Estudiante es el personaje que abre la novela, pero la autora sólo los describe después de habernos llevado de su mano por las calles que conducen al destartalado caserón donde pasa los fines de semana; primero, brevemente, sus rasgos físicos, después continúa:
 
            El Estudiante era bello, inocente, bueno y noble y estaba envuelto en un aura de misterio y cierta melancolía, no fingida, pero sí adaptada a su manera de comportarse en la vida.
            Por el día estudiaba en el instituto; iba retrasado, pero le daba lo mismo. No sabía lo que quería ser, por eso demoraba el final de sus estudios todo lo que podía. Sus compañeras lo adoraban. Adoraban su forma de mover el cuerpo cuando las acompañaba a casa, el cadencioso movimiento de sus caderas. Su forma de recitar, de cantar, de tocar la guitarra y sonreír con esa tristeza lejana de la que ellas no conseguían salvarlo. Sus compañeros no sabían qué penar de él; era una persona amable y extremadamente educada, pero que decididamente no se sentía a gusto con ellos. Mario les hablaba, se reía de sus ocurrencias, compartía libros, horas de clase y algunos ratos de cerveza y confesiones, mas procuraba distanciarse ya que sus vidas estaban en un orden distinto. Era un hombre de mujeres, con ellas se mostraba tal y como era. Resultaba fácil estar con sus amigas, no porque las tuviera impresionadas con su delicadeza y sus atenciones, sino porque a ella iban dedicados sus cuidados, por esa manía suya de proteger que no sabía de dónde le venía. Le gustaba acompañarlas para que no les sucediera nada malo, en una tarea de autobús que se había impuesto por temor a no sabía qué, tal vez a las fauces del mundo. No lo sabía, pero respiraba tranquilo al verlas en su casa y ya les decía adiós lleno de ternura.
            Era como un pájaro grande que abría sus alas para amparar a todas aquellas ruidosas chicas y a más que hubiera a su alrededor. Y ellas lo adoraban porque, aunque lo hacía con todas igual, se sentían únicas bajo su capa.
            Lo adoraban cuando les explicaba las materias que él estaba harto de estudiar un año y otro. Amaban, en suma, su forma de negarles sus favores. Sólo un beso o dos, sin intención de nada, como el que besa una fotografía o el cadáver de una madre muerta. Tan distinto a los otros, tan ajeno a la lascivia de los muchachos de su edad. Tan misterioso e irreal, ajeno al mundo presente.
            Por la noche tocaba la guitarra en un café del Callejón del Viento, antigua Cuesta de las Monjas, boleros y cosas por el estilo. Lejano al ir y venir de los camareros, al ruido de los cubitos de hielo deshaciéndose en los vasos. Al murmullo de la gente o a sus risas. A veces lo escuchaban, otras se olvidaban de que estaba allí, aunque sus ojos quemaran el local.
            Su visita a la casa era esperada los viernes. Normalmente se quedaba hasta el domingo por la tarde. Esos días había un grupo que lo sustituía porque, según su jefe, su voz era demasiado gatuna para las noches que la gente elegía para el tumulto.
            Su jefe envidiaba sus ojos encendidos, su juventud, su risa, su melancolía llena de belleza, las dunas de sus pómulos que avanzaban cuando reía. Los misteriosos fines de semana, de los cuales el muchacho nunca daba detalles. La magia de las bellas desconocidas. Pocos entenderían si supieran…
 
Y esta es, por último, la reseña que, de la presentación de la novela en Cartagena hizo Juan Antonio Rubio, ¡hace ya diez años!
 
El pasado día 30 de enero se presentó en Cartagena en el Restaurante “Mare Nostrum”, “El Palacio de la Sífilis”, la primera novela de la escritora natural de Monesterio (Badajoz) que actualmente reside en Albacete, Francisca Gata Amate.
En la presentación estuvo acompañada por su editor, Ramón de Aguilar, que dentro de la Colección “OdaLuna” ha publicado también a otros novelistas como Fernando Lalana (con “Tras la Frontera”), Rodrigo Rubio (“Fábula del Tiempo Maldito”) y Luis Leante (“Al final del trayecto”), entre otros.
Con El Palacio de la Sífilis, su autora ha quedado finalista en el premio de novela “OdaLuna” de 1997.
Paca Gata cuenta también con varias obras inéditas de teatro, como “La Mecánica del Amor” y “Tríptico Agónico”; de poesía, “El Bar de los Vagabundos”, “La Celda y el Mar” y también las novelas “Fin del Lamento”, “Manantial en las Sombras” y “Tras el Canal”, de próxima aparición en la misma colección anteriormente señalada.
La Gata nos visitó y nos involucró a todos sus amigos con ese desparpajo cachondo y fresco que hacen de la autora una buena tertuliana, llena de plática y cariño; al final, en sintonía con todo lo que significa la edición de una primera novela (como parir al primer hijo), las presentaciones, los despistes de los vasos y los libros firmados c

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28/01/2008 00:33 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Paseando por la Red

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Cuando empecé a escribir el blog hice referencia a otros cuantos y puse, aquí a la derecha, algunos enlaces que me parecían de interés… De aquello ha pasado más de un año y a lo largo de estos catorce o quince meses, aunque yo dedico poco tiempo a navegar, he conocido nuevos sitios que me gustaría compartir con todos mis amigos… Por eso mi propuesta de hoy es haceros una invitación a navegar por otros “mares”.

            Los accesos a las emisoras no siempre funcionan, así es que no resultan muy útiles los enlaces, ni a la de Colombia (Bésame), ni a la de Chile (El Conquistador)… La que ahora utilizo para escuchare cualquier tipo de música (según el estado de ánimo), es una nueva página, mucho más completa y variada que a la que antes se llegaba utilizando el mismo enlace… Del mismo modo, para los que tengan ganas de leer y no quieran gastarse dinero en libros o salir de casa para ir hasta la biblioteca, mantengo la recomendación de visitar la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que sigue creciendo día a día.

            El antiguo blog de mi primo Pablo ha cambiado de dirección (ya corregí el enlace hace tiempo), su bitácora “Echándole cuento” se fusionó con otra (“El burdel de las rimas”), para dar lugar a la web Cuentos de Burdel, tan sugestiva como su título. Como página ha ganado mucho. Según me confesó él, en el entierro de nuestra tía Esperanza, el mérito es de su colaborador, pero yo tengo que reconocer que lo que más me gusta son sus escritos… y no lo digo sólo yo, me lo han comentado fuera de este espacio, en el mundo real.

            El enlace de Publicaciones Acumán se mantiene, no sólo por ser la editorial de mi libro de relatos Historia de gente sin historia, y de mi próxima novela: Mariscada sin sardinas; es además una ventana abierta a la solidaridad: proyectos de ayuda al tercer mundo, interesante “mercadillo” y acceso a otros enlaces que os aconsejo, como las páginas de otros escritores a los que editan: Alfonso Ruiz de Aguirre, David Melgar, Isidro Saiz, Ricardo Fernández, o la misma de Miguel Ángel Carcelén, siempre polémica y controvertida… El enlace a su blog continúa activo aquí a la derecha.

            Se mantienen también los accesos a las páginas de otros escritores amigos… El de Coro Perales o Juana Gallo, que ya estaba… pero también el de otros nuevos como el de mi paisana Iluminada Navarro; estamos muy alejados en la forma de entender la literatura y discrepo de su concepto de la poesía o del teatro; mas sigo estando muy orgullos de los poemas del libro que le edité: Lágrimas de otoño… a ver qué día os pongo alguno de ellos; no dejéis de visitar su blog porque, además, me consta, le pone mucho cariño.

            La página de Rafael García, el Ezcritor, ha ido subiendo de tono y, por lo que parece, ya le ha puesto punto final… En sus últimos diarios perdió aquella frescura que le daba el contar sus hazañas sexuales con tanta inocencia y candidez; por ejemplo, me parecía muy bueno aquello a lo que tanto recurría de poner una foto pescada en internet, que no pertenecía a la protagonista de la historia que nos estaba contando, con el pie de “esta no es ella, pero se le parece mucho”; de hecho ahora las fotos que antes sugerían muestran tan descaradamente que ya casi nunca se duda de que las chicas no son “ella”… Pero sigue mereciendo la pena (el video de Valencia me pareció muy bueno, sobre todo cuando su ligue ocasional se queda quieta ante la cámara esperando a que la gente pase)… Bueno, mejor los que seáis adultos le echáis un vistazo y adquirís vuestra propia opinión; por lo menos Rafael García escribe francamente bien y tiene un corazón muy grande. El enlace desaparece de mi blog, pero aquí os dejo abierto el camino para llegar hasta ese lugar que (lo dice su autor), no es recomendable para menores ni para nadie.

            Un lugar, al que tampoco voy a dejar un enlace permanente (de momento, en el futuro volveremos a ella), pero que os recomiendo con muchas estrellas, es la página de Arantza Sestayo, que fue amiga mía cuando era poco más que una adolescente y algunos de cuyos dibujos de aquélla época todavía podéis ver en mi casa, junto a un chaleco que me tejió con lana amarilla… pero estos no son nada de nada en comparación con lo que hace ahora: cómics, portadas de libros, cuentos infantiles… Fascinante de verdad… incluso ella ha sufrido una transformación de cuento de hadas.

            Hay otros amigos cuyas páginas en Internet os invito a visitar. Una de ellas es la de Inés, en Chile; algún día tengo que contaros el agradable recuerdo del viaje que hicimos juntos desde Concepción a Santiago; ella, convertida ya en mamá de Eduardo, anda metida en un bello proyecto de turismo rural y étnico en la X Región, cerca de Temuco… para los que estamos a este lado resulta un poco lejos pero, seguro que si visitáis su página os entran las ganas de viajar hasta allí. Otra es la de Ivana, a la que algunos de mis amigos ya conocéis como “cuentacuentos”, quizás la mejor de cuantos hemos escuchado… pero su página nos la muestra en otra de sus artísticas facetas, la de danzarina del vientre… Creo que, con los últimos cambios, la página ha perdido mucho de su encanto, pero merece la pena echarle un vistazo a las fotos que le hizo Vicenzo (en especial las que están en blanco y negro), y las de Sonia Haro (unas y otras están casi al final, tened paciencia). Y, por último, aunque no sea la menos importante, la candente y bien escrita bitácora (sanamente ambiciosa, ya que se ocupa de “Política, participación ciudadana. medio ambiente, cooperación al desarrollo y adopción internacional de menores”) de Goyo (Gregorio López Sanz), siempre lúcido en su pensamiento y claro en su expresión.

            Y no creáis que sólo visito las páginas de los amigos; dedico poco tiempo a navegar pero, cuando tengo ocasión, me pierdo por estos recovecos, saltando de un lugar a otro, siguiendo las pistas de las cosas que me gustan: la literatura, los viajes, la cocina, el cine, la filosofía… Son muchos los lugares que merece la pena visitar, pero voy a ser escueto y me voy a limitar a mencionaros dos páginas de cocina, una porque es amena, práctica y diferente a las habituales: la del “gastronauta”, en la que además se mezclan viajes y cocina. La otra ni siquiera es una página completa, es sólo uno de los apartados de la del Ayuntamiento de Minglanilla; me encanta porque las recetas de cocina que recoge son tal y como siempre se han hecho en mi casa, así es que alguna vez recurro a ellas, si no puedo localizar a mi madre por teléfono, para consultarle alguna duda… Y voy a ir poniendo punto final con una recomendación de cine: en Filmaffinity encontraréis todo lo que busquéis al respecto, y con buenos criterios; una invitación a leer y escuchar poesía (que ambas cosas pueden hacerse en la excelente página de “A media voz”); y una muy curiosa, que da que pensar: ¿Quieres saber, por ejemplo, cuántos habitantes hay en el mundo en este momento… y en éste… y éste? Asómbrate en esta página “viva” de estadísticas, está en ingl

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07/12/2007 19:35 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Solo en la sala... del Candilejas

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Estoy en Albacete. Hoy, como ayer, hemos tenido un día primaveral, impropio de un siete de noviembre. Os escribo escuchando a Stan Kenton en el ordenador. Esta tarde he estado comprando libros; cuentos de Carles Cano (de quien algún día tendré que relataros una historia tan curiosa como las que él escribe), también de un escritor ecuatoriano que no conocía, José de la Cuadra, y que me está gustando mucho… y otros, que harían la lista demasiado larga, sobre todo hoy, que quería hablaros de cine; porque mañana iré a ver alguna película a los Candilejas. No necesito mirar la cartelera para saber qué hacen; seguro que en alguna de sus pequeñas salas proyectan un título que me interese; es probable que los cuatro, aunque ninguno de ellos me resulte conocido, pues rara vez en los Candilejas “echan” pelís de ésas que todo el mundo conoce, de las que se producen en Hollywood y anuncian por televisión. Su programación se basa en filmes europeos y sudamericanos, cine norteamericano independiente, alguna producción asiática o africana… A veces uno se lleva un chasco pero, por lo general, sale al ambigú con la alegría de no haberse perdido esa maravilla que, lo más seguro, no se exhibirá en las grandes salas, en los multicines de los centros comerciales, en la franja horaria de mayor audiencia de la televisión (el mal llamado “prime time”). Yo creo que para Albacete (como lo sería para cualquier otra ciudad), es un lujo tener un cine así. También es posible que mucha gente no piense como yo; de hecho, en las diez o doce últimas veces que he ido, la mitad he estado solo, completamente solo, en la sala… Solo en la sala, que bien suena para título. Pues la otra mitad de las veces  he coincidido con mi prima Esperanza y su amigo Chiapella. Es curioso que nunca quedamos para ello (la última y, quizás, única vez que “quedamos” fue para comer en Toledo, cuando yo vivía allí y ella acudió para hacer un curso de su trabajo… es decir, hace más de veinte años); luego, salvo en alguna boda o algún funeral, sólo nos hemos encontrado en el cine y, dos de las veces, Chiapella que, además de ser actor, escribe, me ha regalado sendos libros suyos; el último, Evocaciones ayorinas, lo leí con verdadero placer porque en sus páginas, escritas con gracia y cariño, volví a recorrer rincones y parajes que me son muy queridos. No sé si mañana me los volveré a encontrar (a Esperanza y Juan Manuel), o volveré a estar solo en la sala. Hubo una época en la que, con la entrada (que en este soleado mes de noviembre del 2007 aún puede conseguirse por sólo tres euros, incluso sin ser el día del espectador), regalaban una consumición del bar; en otra época un cartel grande de cine; siempre, información detallada sobre las películas que se ofrecen… y éstas son lo mejor de todo; he hecho memoria y he recordado que en sus pequeñas salas vi por primera vez Bailar en la oscuridad, Deseando amar, El silencio del agua, La gran final, Cuatro minutos, La suerte de Emma, Nacional 7, Las tortugas también vuelan, Panamericana, Lista de espera, Historias mínimas, Caché… y un etcétera, no muy largo, pero suficiente como para que me atreva a invitaros a ir a los Candilejas… Ya me contaréis… Por cierto que, aunque un poco escondido, es fácil encontrarlo, junto al Parque Lineal, justo delante de una calle con nombre tan entrañablemente cinematográfico como la de “José Isbert”

10/11/2007 01:05 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

La biblioteca del verano

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¿Biblioteca de verano? ¿No sería canción del verano? Sí, creo que era “la canción del verano” y recuerdo que la de 1968 fue una de las que me aficionaron a la música pop: “Lola”, de Los Brincos… este verano, cuarenta años después, como quien dice, parece que vuelve a estar de moda, en una versión que oí de pasada en la radio y que no me pareció nada mal, aunque me siga quedando con aquella que escuchaba una y otra vez en un transistor de pilas en el que iba cambiando de emisora, a medida que la radiaban, porque sabía que, en la que acababa de sonar, tardarían un buen rato en volver a pasarla…

            Pero no se trataba de ningún error, de lo que hoy iba a hablar es de bibliotecas, de bibliotecas de verano o, mejor dicho, en verano; puesto que ellas están siempre ahí y soy yo el que llega hasta su puerta un día de vacaciones y busco un libro entre sus anaqueles, mientras otros veraneantes caminan a la playa y buscan un hueco en la arena, donde clavar la sombrilla que les proteja de sol la piel y las cervezas.

            No tengo nada contra el sol ni contra la cerveza, ni siquiera contra la playa, aunque prefiera bañarme en los ríos… pero siempre sentí una especial atracción por las bibliotecas (de hecho creé esta sección dentro del blog, pensando que hablaría de algunas de las que han sido más significativas para mí, como la de Casas Ibáñez, la Histórica de la Universidad de Valencia, la del CIR –Campamento de Instrucción de Reclutas- de San Clemente de Sasebas, la del barrio de San José en Salamanca, la de San Pablo y la Santa Cruz en Barcelona, la de Requena…) Durante mucho tiempo pensé que, cuando tuviera el suficiente dinero como para no tener que trabajar en una oficina, haría un viaje de biblioteca en biblioteca, visitando las de distintos pueblos, hospedándome en viejas pensiones, leyendo al menos un libro en cada una de ellas, escribiendo, enamorándome de algunas de las bibliotecarias… También hubiera sido una buena manera de pasar unas vacaciones, pero siempre tuve otras mil ocupaciones que nunca me dejaron el tiempo suficiente.

            Sin embargo un año, el primero que los niños estaban en España y que, como familia, fuimos juntos de vacaciones a Benidorm, descubrí (justo el último día de las vacaciones y cuando ya estaba cerrada), la biblioteca del Rincón de Loix. No pude entrar pero caí en la cuenta de que también en los lugares de playa puede haber bibliotecas además de chiringuitos en los que beber cubatas y escuchar rancheras, tiendas de todo a cien, kioscos con prensa extranjera, atascos de tráfico, descapotables (o coches con las ventanillas bajadas), que vomitan bacalao, latinos tocando ritmos andinos en sus flautas o vendiendo ropa con la marca falsificada, guiris rubios pidiendo una ayuda a cambio de la música de sus armónicas y guitarras acústicas, “jipis” o quinquilleros ofreciendo artesanía a la luz de una lámpara de gas, “subsaharianos” que ofrecen las últimas novedades musicales sobre una manta, ruidosos puestos de feria, cervecerías, heladerías y restaurantes chinos… por citar lo más típico.

            Al verano siguiente, el del 2005, fuimos a Playa de Aro… pero esta vez ya iba sobre aviso; así es que, nada más llegar, busqué la biblioteca, que resultó ser un lugar encantador, con mucha madera, en medio de un parque… Si la memoria no me falla, para acceder a ella había que hacerlo a través de un rústico puentecito  como los de los cuentos… Quise aprovechar aquellos días para leer a Josep Plá, autor de la zona, pero la verdad es que no me resultó nada cómodo. La actitud de los empleados me resultaba hostil; supongo que el pantalón corto, la camiseta con el eslogan “Rostros de Colombia de todos los colores” y la calva quemada por los primeros días de sol, me convertían en un intruso; recuerdo que, en contra de lo que es habitual en Cataluña, me contestaban en catalán a mis preguntas en castellano. Aunque yo no hable el catalán en la intimidad (como algún gran gran grandísimo estadista de este país), lo leo con frecuencia, lo escucho con agrado y podría hacerme entender en él… pero no ante quien quiera utilizarlo como herramienta excluyente y símbolo de una mal supuesta superioridad.

            Al verano siguiente, 2006, en Mojácar, encontré la biblioteca en un pequeño local, anexo al Ayuntamiento, al que se llegaba por un estrecho corredor que, más que tal, parecía un balcón. Me dio la impresión de que allí les sorprendía la llegada de cualquier lector, fuera o no fuera turista. Tengo que reconocer que nunca había visto una biblioteca tan desordenada; tal vez no sea así habitualmente y el caos se debía a que estaban instalando nuevas estanterías, que falta hacían, porque los libros se amontonaban en pilas por todos los rincones y sobre las mesas de lectura, salvo una, en la que los carpinteros tenían sus herramientas; pese a la simpatía y la buena voluntad de la bibliotecaria, lo único que pude hacer fue ojear los títulos hasta que los carpinteros volvieron de su almuerzo y empezaron a dar martillazos… Quería leer a Francisco Ayala, que cumplía cien años (como creo que conmemoré en estas páginas), pero tuve que salir de nuevo al balcón que me llevaba a la calle y posponer la visita para otro verano; el título de Ayala (Historias de macacos), me lo compré en un puesto de libros de ocasión que, perdido como un náufrago, miraba al mar desde una de las bellas playas (no todo van a ser bocatas y sangría).

            Éste, el del 2007, que aún no ha terminado, volvimos a Cataluña. En esta ocasión a Salou. La biblioteca está en un edificio moderno, funcional y muy acogedor… Pasearse entre sus libros, cuidadosamente ordenados, es un verdadero placer; las salas de lectura son espaciosas y muy luminosas y, por raro que pueda parecer, en su interior había muchos más lectores que “internautas”. Los empleados se mostraban amables y serviciales, pero casi no era necesario recurrir a ellos, porque todo lo tienen perfectamente organizado. Acudí varios días. No encontré ningún autor de la zona que me resultase llamativo (supongo que es mera ignorancia); así es que, mientras David, que me acompañaba cada mañana, hacía esquemas de Ciencias Naturales, yo repasaba los últimos tomos del Summa Artis, que me recordaban al padre Erviti, mi profesor de historia del Arte en bachillerato y que se había programado para leer la enciclopedia completa en lo que le quedaba de vida.

            A la salida de la biblioteca, en una calle recogida (y no mirando al mar como en Mojácar), había también un puesto de libros, pero éstos eran usados. Compré una novela de Faulkner y dos ejemplares de La Codorniz del año 1963, de cuando para mí eran una lectura prohibida… también un ejemplar del Ulises de Joyce para que Noelia se lo lleve a Dublín.

30/08/2007 12:58 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

El canto del agua (11.06.2007)

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            ¿Alguno de vosotros ha oído hablar de  Enrique Trogal o de Robert A. Heinlein; de Edgar Wallace o de Evan Hunter…? ¿Alguno de vosotros los ha leído?

            Todos ellos, como Nelly Rosario, Malba Tahan y Joaquina Pomareda de Haro son escritores o, por lo menos, cada uno de ellos ha escrito algún libro que probablemente yo nunca hubiera comprado en una librería, pero que, por cosas del azar, llegó hasta mis manos, fue leído (algo probabilísticamente más difícil que lo anterior), y me dejó tan “buen sabor de boca” como para que hoy os hable de ellos.

            Este primer párrafo lo escribí hace tiempo, el mismo día en el que leí  Desangrándose en la acera, el tercero de los relatos de Evan Hunter que conforman su libro Feliz año nuevo, Herbie. No me termina de gustar ese “buen sabor de boca” que entrecomillé por gastado, pese a que soy de los que sí creen que un libro se paladea, como un vino; reconozco que también puede disfrutarse con el tacto, cuando deslizamos la yema de los dedos por la gastada tela de sus tapas; con el olfato que reconoce la vieja piel de su encuadernación, la humedad y el polvo que lo envejecieron; y, por supuesto, con la vista que se recrea en las imágenes que lo adornan, en la composición de las letras, la blancura resplandeciente de sus páginas, vírgenes de miradas, o amarillentas por el paso de los años… Si me apuráis, hasta con el oído, y sin necesidad de que nos lo lean: basta con que escuchemos pasar sus hojas a medida que avanzamos en su lectura una calurosa tarde de verano, en las fresca sala de una biblioteca de altos techos (la de la Histórica de la Universidad de Valencia, la de San Pablo y la Santa Cruz en Barcelona…), o junto a una lumbre en una noche de invierno, cuando el crujido de las hojas se confunda con el crepitar de los leños que arden en el hogar.

            Decía que todo esto lo empecé a escribirlo después de leer los primeros cuentos de Feliz año nuevo, Herbie... Sin embargo, la imagen con que lo voy a ilustrar la tengo “escaneada” desde mucho antes, desde el día de mi último cumpleaños, que es cuando acabé la lectura de El canto del agua, novela de Nelly Rosario a cuya cubierta pertenece ese bello desnudo, fotografiado por Bettmann y Corbis (según rezan los títulos de crédito). Ya entonces pensé que algún día hablaría sobre estas lecturas a las que llego de forma casual, estos tesoros que me encuentro sin buscar, puesto que nadie me ha hablado de ellos, ni han aparecido en las páginas literarias de los periódicos, ni en los programas culturales de televisión, ni en los escaparates de las librerías, ni han llegado a mí por el socorrido boca a boca con el que trata de explicarse los éxitos de las obras que no han sido promocionadas…

            Tal vez, pienso releyendo lo que llevo escrito hasta ahora, estoy dejando al descubierto mi ignorancia, y los autores que menciono aquí como ignotos o raros son sobradamente conocidos por cualquiera que esté leyendo esta página (me pareció ridículo que en “El País”, al anunciar que Luis Leante había ganado el Premio de Novela Alfaguara, lo calificaran de “desconocido”, cuando hace años que yo lo conozco y lo leo… pronto hablaremos de él y de su magnífica novela, Mira si yo te querré) Pero en este caso, el de Malba Tahan, Evan Hunter, Edgar Wallance, Robert A. Heinlein, Enrique Trogal o Nelly Rosario, no importa tanto el que sean mucho o poco conocidos como el que para mí hayan sido un descubrimiento casual; ni nadie ni en ningún lugar me habían hablado de ellos, sólo la fortuna los puso en mi camino: El canto del agua, de Nelly Rosario, joven autora dominicana, formaba parte de un lote de libros que me regalaron al comprar una enciclopedia; la mayoría de ellos muy vistosos, lujosamente encuadernados, pero con escaso interés para la lectura. He olvidado, sin embargo, cómo llegó a mis manos Il Caravaggio, obra teatral de Enrique Trogal; aunque me empeño en relacionar su hallazgo con Cuenca, hace 20 años que la leí y sigo recordando la fascinación que sentí desde sus primeras líneas; cada vez que me tropiezo con el libro me sorprende que su autor no sea famoso y que esta obra no se haya representado en todos los teatros. Rebelión en el espacio, de Robert A. Heinlein, sí recuerdo haberlo comprado en Valencia, mediados los años setenta, cuando, cada vez que pillaba algún dinero, me iba al “París-Valencia” de la calle Pelayo a comprar libros a duro (es ésta una de esas librerías de las que algún tengo que hablar en el blog), con especial interés por las novelas de ciencia-ficción, de las que me hablaba Vicente Roca, uno de mis jefes en Sercoval, al que yo consideraba un sabio mal ubicado; la novela permaneció a mi lado durante décadas sin que encontrara el momento de leerla y, convencido de que ya nunca lo haría, pensé deshacerme de ella en el último traslado… pero se me ocurrió indagar antes en Internet quién era este autor y descubrí la importancia que tiene en su género, así es que me di la oportunidad de leerlo y, como en el resto de los casos que estoy contado, pese a ser una novela juvenil, no me defraudó. El hombre que calculaba, de Malba Tahan, lo encontré en Colombia, maltratado y sin tapas, ya hablé de él en el blog, recién terminada su lectura; si lo vuelvo a mencionar es porque se trata de uno de esos libros que, pese a su aspecto destartalado, con mayor mimo conservo en mi biblioteca, por el placer que su lectura me proporcionó y que me sigue ofreciendo. El mencionado Feliz año nuevo, Herbie, de Evan Hunter, ha sido el último de los leídos; me lo encontré tirado en el Rastro (el vendedor que lo abandonó ni siquiera consideró que merecía la pena romperlo, como hizo con otros, para que nadie se lo llevara sin haber pagado 50 ó 60 céntimos por él); por Internet supe que autor había sido el guionista de Los pájaros de Hitchock y el autor de La jungla del asfalto, que también fue llevada al cine… eso bastó para picar mi curiosidad y que no quedara relegado al olvido; ahora busco otras obras suyas, para seguir leyéndolo. Por último, le toca el turno a Las hijas de la noche, de Edgar Wallace, también encontrado en el Rastro de Valencia, en circunstancias parecidas al anterior (aunque hace ya un par de años), y del que no me he deshecho porque descubrí en Internet que de este autor fue el argumento de King Kong, película a la que le tengo especial cariño por dos motivos: porque mi amiga Inés fue su traductora al húngaro y porque me conmovió que, viéndola un día en Madrid, mi prima Maribel llorara por la muerte del monstruo.

            A todos éstos títulos tendría que añadir los dos libritos de Joaquina Pomareda de Haro, que conservo firmados por la autora, fallecida ya hace muchos años, Las chispas del duende y El actor y sus personajes… Sé de al menos otros dos que publicó y que tal vez todavía puedan encontrarse en la biblioteca de Casas Ibáñez, donde yo los descubrí siendo un niño… pero ésa es otra historia que me voy a guardar para otro día.

11/06/2007 21:28 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Narradores de la noche… para felicitar el día del libro (23.04.2007)

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“Las palabras salen ahora de mi corazón como mariposas en busca del mundo” 

            Hoy, de nuevo, es el día del libro parece mentira que ya hayan pasado doce meses desde que hace un año os felicitara el 23 de abril, por este motivo, con un poema que yo mismo había escrito (El polvo sobre los libros). En esta ocasión no voy a ser tan osado, pero no quiero dejar que la noche se convierta en el día de mañana, sin celebrar de alguna manera, con todos vosotros, mis amigos, algo tan importante y, siguiendo la tradición, os aseguro que corresponderé a cada una de las rosas que me regaléis con un bello libro. Llevo varios días pensando en cual. He repasado mentalmente todas las lecturas de este año (de algunas de las cuales he dejado constancia en el blog); desde los autores que leo constantemente, casi a diario (Cervantes, García Márquez, Ortega y Gasset, Fernández Flórez, Pérez Galdós), hasta alguna lectura que me ha dejado especial buen sabor de boca en los últimos meses: Cuentos de Saki o de Faulkner, todos los prólogos de la edición hecha por las Reales Academias de Cien años de soledad; El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde; alguna obra no tan conocida, como Este sol de la infancia de Isidro Saíz de Marco (de otros curiosos descubrimientos os hablaré en el blog dentro de unos días) El caso es que, al final, casi me había decidido por El hombre que plantaba árboles de Jean Giono; de hecho, buscando y buscando por librerías de Albacete y Valencia, ya había conseguido cuatro ejemplares (para los cumpleaños de Marisol, ya pasado, y de María, por llegar; además de otro para Mo, que siempre la tengo en cuenta, y del mío). No es que su lectura me pareciera tan asombrosa como la narración escuchada en una cinta de casete que me prestó Sonia, la cuenta-cuentos, pero no deja de ser una historia que conmueve y que me gustaría compartir Y digo que ya estaba casi decidido cuando, después de tenerlo más de diez años a la espera, este fin de semana se me ocurrió sacar de la estantería Narradores de la noche, de Rafik Schami. Lo tomé entre las manos y no pude soltarlo hasta que, con los ojos empañados por la emoción, pasé la última de sus páginas, convencido de que es uno de los libros más bellos que he leído, una de esas lecturas que uno quiere participar a la gente que aprecia, una de esas historias que uno quiere contarle a todo el mundo pero no lo voy a hacer, claro, prefiero regalaros el libro a cambio de vuestras rosas y no deciros nada más; tan sólo que la frase que encabeza este escrito esta sacada de sus páginas y que la ilustración la he recortado de la funda de la edición que yo tengo Bueno, eso y, aunque ya queda poco, ¡Feliz día del libro!

23/04/2007 23:13 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

Además de avena, centeno y poblados bosques (22.04.2007)

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            Cuando yo era pequeño Suecia era un país que estaba en Casas Ibáñez, concretamente en la página 147 de mi libro de Geografía, y cuya inimaginable capital, Estocolmo, confundía fácilmente no sólo con Oslo, nombre de cuatro letras más fácil de recordar, sino con otros casi imposibles de pronunciar como Helsinki o Réikiavik… Todos ellos aparecían en la misma lección. Poco después, gracias a las casposas películas de Mariano Ozores, de Fernando Esteso y Andrés Pajares o de un Alfredo Landa que disimulaba sus dotes de actor, supimos que en Suecia, además de avena y centeno, de poblados bosques y significativa producción de acero, había también “suecas”, unas mujeres con cara de niñas y cuerpos esculturales, fácilmente seducibles por los paletos con boina, que no sabían pronunciar la erre y que venían a las playas españolas para que las viéramos semidesnudas… y por si alguien no había terminado de creérselo, Enrico Altavilla escribió un sorprendente libro: Suecia, infierno y paraíso, con el que, a lo aprendido en el texto de bachillerato, pudimos añadir que allí se vivía de una manera diferente: las conquistas sociales, la libertades de todo tipo (incluida la sexual), la riqueza que, en todos los sentidos, suponía el Estado del Bienestar, inventado por ellos con la pretensión de garantizar una vida cobijada por la sociedad “desde la cuna a la tumba”, pero que paralelamente lleva implícitos todos los males: promiscuidad sexual, ateísmo, divorcio, drogas… uno al final del libro no sabía si quería vivir en Suecia por lo que tenía de paraíso… o de infierno.

            Pero todo eso fue hace tantos años que los lectores de este blog todavía no habían nacido. Cuando la mayoría de vosotros vinistéis al mundo España ya había descubierto Suecia (no sólo América), y en algunas cosas hasta empezaba a imitarla… De allí habían llegado las cerillas, el termómetro, la cremallera y la llave “inglesa”… De allí venían las películas de Ingmar Bergman y, sorprendentemente, sus bellas escandinavas (Ulla Jacobsson, Liv Ulman, Bibi Anderson…), al contrario que las anónimas de Ozores u otros directores españoles, eran más bien puritanas, poco exhibicionistas y a veces atormentadas por las cuestiones filosóficas y teologales de Kierkegaard y otros pensadores nórdicos… De allí venía también una bella forma de hacer política, a la manera de Olof Palme, de quien Felipe González tanto aprendió; escritoras de libros infantiles como Astrid Lindgren (sin lugar a dudas) y Maria Gripe (a quien, con ese nombre, siempre imaginaba española); y de allí creí que había llegado hasta Villatoya un vagabundo fascinante que se llamaba Knut Pedersen y que al final resultó ser noruego (de nuevo, años después, las mismas confusiones que en los primeros cursos de bachillerato); se presentó en las páginas de un libro de Knut Hamrun que me regalaron las hermanas de Chima (Ana, Ampa y Placi); aunque ellas lo habrán olvidado hace muchos años, yo aún lo conservo, completamente desencuadernado de tanto pasar sus páginas, porque además de sus bellas e idílicas descripciones  me trae el recuerdo de su primera lectura, sentado en algún ribazo aprovechando las escasas horas de sol del invierno o al calor de la lumbre, cuando caía la noche y el exterior de la casa desaparecía tras un espeso manto de niebla…

            Más tarde vendrían desde aquellos fríos las canciones de Abba y los muebles de Ikea… Al final, lo único que resulta folclórico en Suecia son los premios Nobel, siempre discutibles, en especial los de la paz (¿quién no recuerda el que le dieron a Kissinger?); pero hasta en eso se le ha querido parecer la España democrática instituyendo los “Príncipes de Asturias” que, curiosamente, son de esos premios que no dan tanto prestigio a quien los recibe, como ellos reciben de los galardonados.

            Empezaba esta carta abierta diciendo que, cuando yo era pequeño, Suecia estaba en Casas Ibáñez… Luego, como siempre, me he ido por las ramas y, cuando me he dado cuenta, estaba a punto de hablar del último festival de Eurovisión… De nuevo iba a equivocarme, porque fue Finlandia quien lo ganó; pero el error me ha servido para hacer un alto y percatarme de qué alejado estaba ya del pueblo de mi infancia y mi vejez, qué lejos, incluso, del pasado jueves santo y de lo que quería deciros, aunque quizás la mayoría de vosotros ya lo sepa, y es que ese día, el 5 de abril, en su residencia de Estocolmo, murió María Gripe, de quien con tanta ilusión me hablara Noelia un día… Quería que lo supierais y que supierais también que nos ha dejado a todos parte de su herencia; hoy somos un poco más ricos porque, ya para siempre, nos pertenecen sus obras, sus personajes, sus historias, sus palabras… Su foto acompaña esta carta y tres de sus libros hace tiempo que viven en los anaqueles de mi biblioteca, pero acabo de dejarlos sobre la mesa de trabajo, porque ya no quiero demorar más su lectura:

 

            Cuando Jonás Berglund cumplió 13 años, el 27 de junio, recibió, por fin, el anhelado magnetófono. De inmediato comenzó sus investigaciones.

            Quería proceder metódicamente y por eso empezó grabando los ruidos que surgen en la naturaleza cuando los animales se comunican entre sí.

            También quería grabar todos los ruidos mecánicos que se producen en las diversas actividades humanas.

            Aquella noche del 27 de junio, Jonás, con su hermana Annika, que tenía…

                                                                       (Inicio de Los escarabajos vuelan al atardecer)

22/04/2007 19:39 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Pleamares de la vida (21.02.2007)

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Después de mucho tiempo, volví a leerme una novela de Agatha Christie. Fue un día en el que estuve enfermo… Bueno, han pasado ya dos o tres semanas de aquello y tampoco fue tanto (lo de la enfermedad): congestión nasal, dolor de cabeza y de garganta, unas décimas de fiebre… me tuve que quedar una mañana en casa, más que nada porque el malestar me había hecho pasar una mala noche… Cuando me espabilé, y con la intención de seguir todo el día en cama, me cogí una novela de esta autora inglesa, dispuesto a leérmela de un tirón, como cuando tenía quince o dieciséis años y me pasaba toda una tarde de verano (a esa edad la siesta era un suplicio), enfrascado en los casos que tan ingeniosamente resolvía Hércules Poirot… Desde entonces no había sido capaz de aguantar otro de estos relatos hasta el final, ni siquiera de releer Diez negritos, que siempre había considerado como el mejor. ¿Por qué volver a intentarlo? Supongo que por el recuerdo que me quedó de aquella época… o de cuando, siendo más pequeño, leía en la cama los tebeos de Tintín (siempre pensé que “Milú” era el perro ideal y quise tener uno igual… luego, cuando pude haberlo conseguido, supe que los de esa raza son malhumorados y poco cariñosos); y sobre todo porque una vez, estando Chima enferma en Ayora, mientras velaba su sueño, leí por primera vez a Isaac Bashevis Singer, al que ya mencioné en estas páginas. Desde entonces parece que asocio el tener que guardar cama con lecturas placenteras.

            Pues resulta que ésta, Pleamares de la vida (la novela que escogí así al azar), no sólo se dejó leer hasta el final sino que incluso me gustó y, pese a que mientras pasaba sus páginas, no podía dejar de ser crítico con la estructura argumental, el abuso de los tópicos y hasta los prejuicios que la autora deja traslucir, también me sorprendían el retrato psicológico de algunos de los personajes y la dosificación de la intriga (que no siempre resulta tan acertada en las novelas policíacas)…

            Claro que yo no escribo aquí para hacer crítica literaria, ni voy a recomendarle a nadie que se enfrasque en la lectura de Pleamares de la vida (aunque sí en las aventuras de Tintín o en los realatos de Isaac B. Singer)… Si cuento todo esto es para narrar al hilo otras cosas, como lo de que estuve enfermo (o que ahora lo está Natalia), como que la primera vez que vi una novela de la Biblioteca Oro (la colección a la que pertenece la edición con la que ilustro estas letras), fue en casa de mi tíos José María y Carmina y, aunque yo era muy niño (tal vez aún no había nacido su hijo Pablo, a cuyo blog Cuentos de burdel tenéis un enlace permanente aquí al lado), me quedé fascinado con aquellos colores de la portada, con aquellos dibujos que (como los cuadros que anunciaban la película del domingo en el cine Rex), ya nos estaban adelantando la historia que encerraban aquellas páginas que olían a buhardilla, a trastienda, a mesa camilla… tanto me impresionó que todavía las recuerdo y, de hecho, aunque no son cómodas para leer, siempre he buscado sus ejemplares por rastros y librerías de viejo.

            Sin embargo yo seguí estas intrigas en una edición posterior (y este es ya otro recuerdo), aunque también de la editorial Molino, que es en las que llegaron a Casas Ibáñez, cuando se abrió la biblioteca… En alguna ocasión tendré que contar aquel primer día (aquella primera tarde), en la que se abrió al público y éste se apelotonó en la puerta: la gente hacía cola, se empujaba y hasta se peleaba por entrar a leer; aunque ese furor sólo debió de durar dos o tres días, salvo para algunos (como Ramona, madre de Noelia, o yo), para quienes allí nació la afición a la lectura. La semana pasada volví a ella (aunque ahora está ubicada en otro lugar y poco tiene que ver con la de entonces, cuyo carné, con el número 74, he conservado hasta hace poco); la razón del regreso fue que en una de sus salas se presentó el libro que recoge el relato ganador del último premio Antonio Machado (Rumbo al presente de Juan Lorenzo Collado Gómez), junto a uno mío, al que el Jurado hizo una mención: Cuando llegué a Chillán, que ya os presenté en los primeros días del blog… Así es que, si a alguno de vosotros le apetece seguir leyendo (y no tiene a mano Pleamares de la vida u otra novela de Agatha Christie), sólo tiene que pinchar aquí para ir al relato o, si lo prefiere impreso sobre papel, pues como decía el otro día: que me lo pida y, gustosamente, le mando un ejemplar.

22/02/2007 00:43 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Miguel Ángel Carcelén

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Se supone que soy yo quien , en las virtuales páginas de este cuaderno, os presento a la gente que quiero... Se supone que soy yo el que escribe y, a lo sumo, os dejo leer algo de lo que me emociona.

Hoy sin embargo, para daros a conocer a Miguel Ángel Carcelén (que ya ha sido mencionado otras veces y que, como muchos sabéis, antes fue un escritor al que edité y ahora es un editor que me publica), voy a recurrir a las palabras de otro, a lo que sobre él escribió en su blog, David Melar (DaviDelsur)...

 

"De la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía salen de viaje las palabras. A ella llegan sólo como letras, por las escaleras hasta el tercer piso, pero allí las une como el aire a las corcheas, la única posible argamasa de las arquitecturas etéreas: la voz solidaridad. Antes de seguir hablando como si hiciese castillos en el aire, tengo que decir que Miguel Ángel es el director de Publicaciones Acumán, la única editorial solidaria del mundo. Una editorial que recibe un manuscrito, lo valora. Si es publicable paga la edición, lo vende. Envía el importe íntegro de la venta del libro, al proyecto de la ONG con la que se ha comprometido ese año, lo cimienta. De un tercer piso de una calle de Toledo donde nadie lo diría, hay muchas cosas que decir: allí llegan las letras que quieren hacerse palabras, y se hacen sinfonía.

 

"Un 3º A cuyas ventanas dan a un Tercer Mundo. En casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía, hay ladrillos para Mozambique en el salón; hay semillas y fertilizantes para Nigeria en la cocina; hay lápices y páginas para los niños de Colombia en la mesa de su habitación; hay microcréditos para campesinos paraguayos en el cajón de la mesilla; hay cajas de medicinas para los centros de Malawi, que están en el pasillo, como si fuesen las paredes de su casa periferias de salud para todo el mundo. El mundo es un pañuelo en la estantería de Miguel Ángel.

 

"Las conversaciones de la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía llegan a los sitios donde menos palabras llegan; ven; y vencen.

 

"Porque Miguel Ángel no vive escribiendo, sino que escribe viviendo. Ver lo que hace con tus propios ojos, es leer la vida a la cara, sin traducción. Yo tengo la suerte de tener el único ejemplar del libro en que lo cuenta, porque soy su amigo y, como con los libros de los que echo mano cuando necesito saber algo, sé que puedo contar con él si alguna vez le necesito. Porque él es así.

 

"Él destina el importe íntegro de todos los premios literarios que gana, a proyectos en el Tercer Mundo. Gana varios concursos todos los años. Ha ganado más de 200 en toda su vida (la máquina de la verdad: podéis buscar en Google si no lo creéis). Miguel Ángel, del mismo modo que se viste de payaso (pero se viste sin disfraces seudónimos) para arrancar una sonrisa de la cara de algún niño enfermo, se viste de papel: del papel de regalo con que envuelve los paquetes de material que envía a miles de kilómetros. En realidad, son los miles de kilómetros quienes lo envuelven a él, porque él es el regalo. Ya digo que Miguel Ángel no vive escribiendo: escribe viviendo. Él nunca escribe/vive para él: siempre está escribiendo las obras completas de la vida de quienes más lo necesitan.

 

"Dulce Chacón dijo de ti, Miguel Ángel: “su prosa conmueve”; Almudena Grandes: “sus argumentos enganchan de principio a fin”; Alfonso Ruiz de Aguirre: “su literatura es esencialmente comprometida”.

 

"Yo digo que tu prosa, tus argumentos y tu literatura, son tú. Tú eres quien de verdad conmueve, quien engancha de principio a fin y quien tiene la esencia del compromiso en la profundidad del corazón".

 

...

 

"Por la sencillez que muestras con todos los que tenemos la suerte de conocerte y tratar contigo: solamente gracias, Miguel Ángel.

 

"Por la humildad que tienes, la humildad que gastas sin gastar: gracias por nada, Miguel Ángel. Con el nada quiero decir que no te doy las gracias por algo en particular. Que, como al prisma que digiere todos los colores en un blanco único, quiero decirte gracias sólo porque sí. Porque, como en el prisma, en ti entran todas las letras del mundo, y salen comprimidas en una sola palabra, la palabra absoluta: solidaridad.

 

"Gracias por inventarte eso que en ningún sitio conocen: una editorial solidaria. GRACIAS POR ACUMÁN."

 

    Os aseguro que yo podría firmar perfectamente lo que acabáis de leer... Pero no hubiera sido capaz de escribirlo así de bien.

04/02/2007 21:34 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.


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