18 de junio de 1970: Chocolatinas

El curso se acerca a su fin. Hoy, en la comida, hemos estado comentando cuántas chocolatinas hemos conseguido ahorrar en las meriendas, para llevárnoslas a casa. Si un día te comes sólo media con el bollo de pan, te queda otra media para la tarde siguiente, y la de esa merienda la podrás guardar entera en la taquilla; yo almaceno algunas, para llevárselas de regalo a mis hermanos pequeños, pero también porque todo el mundo lo hace, es como una costumbre. Dentro de unos años, en el bar de Antolín, descubriré que Elías, el cartero, hace lo mismo con los terrones de azúcar que le dan para el café: Como en el estuche vienen dos terroncillos, sólo gasta uno y guarda el otro para el día siguiente; presume de que, cuando vienen sus hijos a verlo, se pueden llevar una bolsa llena de azúcar… Yo empezaré a hacer lo mismo, aunque no tenga hijos para quien guardarlo; además, descubriré enseguida que el café sabe mucho mejor cuanto menos dulce y acabaré por tomarlo completamente solo. Será una suerte porque, para entonces, en las cafeterías ya no darán terrones, sino sobres, y sería muy engorroso guardarlos a mitad; los granos de azúcar acabarían desparramados por el bolsillo de la americana o del pantalón y eso, aunque aún tarde años en descubrirlo, es algo bastante desagradable. Los que en Política tuvieron otros cursos a Ramiro Cardiel de profesor nos cuentan que, como sabe lo de las chocolatinas, cuando llegue el examen final, nos pondrá una prueba escrita con muchas más preguntas de las que es posible responder y que, cuando protestemos, nos pedirá chocolate para sus hijos a cambio de ir reduciendo el examen; así es que todos tienen preparados dos montones: el de las que se llevarán a casa y el de las que se llevarán al examen. Yo sólo tengo el de mis hermanos. No pienso llevar ninguna al profesor. Quiero creer que es que voy a ser una persona muy íntegra, que nunca me voy a vender. Pero es sólo lo que querría. Lo que ocurre de verdad es que, en el fondo, no me creo el rumor. Me da la impresión de que es como la leyenda de que si vas a un país árabe con alguna mujer, te ofrecerán camellos a cambio de ella. Agustín, que irá a Marruecos con Hilde, su novia austriaca, y otra amiga, me contará que es cierto; pero cuando después vaya yo a Túnez con Berta (en mi segundo o tercer viaje de novios), me daré cuenta enseguida de que nadie hace la oferta en serio, que sólo la simulan porque saben que el turista lo está esperando, para poder contarlo de regreso a su país… Pienso, por lo tanto, que si Ramiro Cardiel nos pide chocolatinas, lo hará sólo para que podamos contárselo a sus alumnos del curso siguiente; será incapaz de llevárselas a casa. Mientras pelábamos las manzanas del postre, les he recordado a los compañeros de la mesa que también nos decían que si, al tomar apuntes, hacías ruido al arrastrar el bolígrafo sobre el folio, te lo quitaba de las manos y lo tiraba por la ventana; en nuestra clase no ha ocurrido en todo el curso; pero ellos aseguran que ha sido porque hemos puesto mucho cuidado en evitarlo. Al salir del comedor, Camacho, como todas las tardes, reparte el correo. Hoy tengo carta de casa, pero esta vez no escriben todos, como siempre, sólo escribe mi madre y, entre la cuartilla rallada y doblada por la mitad, aparece un billete marrón, de cien pesetas, con el busto de Gustavo Adolfo Bécquer. Me quedo asombrado; es más de la mitad del dinero que me dan para mis gastos al comienzo de cada trimestre, y ahora sólo quedan unos días de curso. Mi madre contesta así a mi carta anterior, en la que le dije que Karina, la cantante que más me gusta de cuantas se han hecho famosas hasta hoy, viene a cantar este sábado a Zamora, pero que la entrada al Parque del castillo está por las nubes: 75 pesetas. Me he emocionado, porque sé que también para ella, también para ellos, ésta es una cantidad importante; nadie podrá entenderlo cuando esto sea poco más de medio euro, pero estamos en 1970. No sé si en el colegio me dejarían salir el sábado por la noche para ir a un concierto. Tal vez sea como lo de fumar que no nos dejaban pero, como protestábamos alegando que en casa sí podíamos hacerlo, nos cortaron fácilmente: “Al que le dejen fumar en su casa, que presente una autorización escrita por su padre, y también podrá hacerlo aquí”. Casi nadie se atrevió a pedir ese permiso; pero Jordi y yo sí lo hicimos. Él es mi mejor amigo y en realidad se llama Rafael Jorge, aunque de todos modos, aquí nos llamamos unos a otros por el apellido; él me ha dicho que le gusta que lo llamen así, en valenciano (se escribe con jota, pero se pronuncia con y griega o con elle, no sé muy bien). Mi padre no quiere que fumemos porque él no puede dejar de hacerlo, dice que es un vicio que te domina para toda la vida y, de hecho, él morirá dentro de unos años por culpa del tabaco; pero me mandó la autorización a vuelta de correo. Me emocioné, comprobando que valora más mi libertad de elegir que sus propias convicciones. Lo único que hice con el permiso fue llevárselo a Matías Calzada, el director del colegio: “¿Ve como sí me dejan fumar en casa?”, le mentí. No he vuelto a encender un cigarrillo. Nunca más fumaré (al menos en los próximos treinta y nueve años). Tampoco voy a hacer nada por ir al concierto de Karina. Con el dinero compraré “Cierto olor a podrido”, una novela de José Luis Martín Vigil que me ha impresionado mucho y que podré llevar a casa, para que también mis padres y mis hermanos puedan leerla. Los libros de Martín Vigil están en la biblioteca del colegio y, además, los venden en el bar, seguro que es un cura; antes de leerlo siempre me caía mal, me ponía malo eso de “Una chabola en Bilbao”, parece el título inventado por alguien que quiere dárselas de moderno y de estar en la onda de los jóvenes, pero que no es ni lo uno ni lo otro. Sin embargo, tanto me hablaba Jordi de este libro, que terminé por leerlo y me encantó… así es que, una a una, me he ido leyendo todas sus novelas: “Sexta galería”, “La muerte está en el camino”, “Réquiem a cinco voces”… y hasta “Una chabola en Bilbao” me ha gustado; pero la que más la de Carlos, Fray León, Yayo… Por cierto que José Luis Martín Vigil sí que es cura; en los primeros tiempos de la Democracia (cuando llegue, que supongo que llegará), lo veré en Albacete, en la presentación de uno de sus libros (“Secuestro de estado”), y me firmará un ejemplar con los cantos quemados la noche anterior en un atentado a la Feria del Libro y por el que Carlos, el padre de Yoli y librero de la Librería del Maestro, sólo me cobrará “la voluntad”. Para entonces yo todavía no habré logrado ser escritor, pero estaré empezando a comprender que quienes estamos disfrutado en la adolescencia con las canciones de Karina y las novelas de Martín Vigil, a lo más que vamos a poder aspirar es a ganar los Juegos Florales de nuestro pueblo, a quedar entre los finalista de algún desconocido certamen de relatos y a publicar alguna reseña en el periódico de la capital de nuestra provincia… Salvo que a alguien se le ocurra inventar Internet y todo el mundo tenga la oportunidad de mostrar abiertamente lo que escribe
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Autor: Puri Novella
Un abrzo,
Puri.
Fecha: 27/07/2009 22:08.
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Autor: Ana
Fecha: 30/07/2009 13:45.
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Autor: Iluminada
http://iluminada-versosdemialma.blogspot.com
Fecha: 04/08/2009 15:52.
