Cuento de Navidad para felicitar la Navidad a quienes les guste la Navidad y a quienes no les guste la Navidad

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Zulema, en cuanto se acostó y como cada noche, pese a que ya empezaba a ser más adolescente que niña, me llamó para que le contara un cuento.

– ¿El del príncipe feliz?

– Ése ya me lo has contado muchas veces.

– ¿El del gigante egoísta?

– ¿Es qué sólo te sabes los de Oscar Wilde?

– ¿Y tú sabes quién es Oscar Wilde?

– En esta casa todo el mundo lo sabe.

      Zulema llevaba razón… Aunque en “esta casa” sólo seamos tres: Ella, su madre y yo. Simulé que hurgaba en la memoria, antes de proponer el siguiente:

– ¿El del niño que apagó la luna?

– ¡Ese me lo contaste anoche!

– Pues no sé… -- volví a dudar.

– Quiero que me cuentes un cueto de Navidad.

– ¿De Navidad? ¡Si aún falta mucho para la Navidad!

– No, la ha traído hoy el cartero.

      Era verdad. Esa misma mañana nos había llegado un sobre, escrito con letra de pendolista y, en su interior, una felicitación navideña como la que veis.

– Y además –añadió Zulema--, se ve por la ventana.

      No era necesario mirar. En cuanto había oscurecido, la ciudad se había iluminado con miles de bombillitas y, poco después, como si ésa hubiera sido la señal que el cielo estaba esperando, había comenzado a nevar.

– Está bien –accedí dispuesto a inventar sobre la marcha y carraspeando antes de iniciar el relato–. Todo empezó cuando a María le dieron la noticia de que iba a tener un hijo… Aún era casi una niña, así es que se echó a llorar delante del médico. No se lo podía creer, aunque el recuerdo de la tarde en la que los soldados la habían forzado, volvió a su mente despertando todo el dolor de lo vivido.

– ¿Los había denunciado?

– No… Debió de sentir miedo y vergüenza.

      Aunque a Zulema le hemos enseñado que estas cosas no hay que callarlas nunca, asintió con la cabeza, como si pudiera ponerse en el lugar de María.

– Es una historia muy triste.

– No todo el mundo tiene un hogar, una familia, verdaderos amigos… Otras chicas de su edad se iban con los mismos soldados a cambio de regalos o dinero; algunas de sus amigas ya eran mamás o vivían con sus novios… En su pueblo a nadie le parecían extraño El médico le explicó todo lo que podría hacer, pero pareció que ella no tenía que pensárselo: Aunque se sentía sola y estaba asustada, le dijo al médico que iba a tener ese niño y… “Mi prima Isabel se fue a España. Ella me ayudará a encontrar un trabajo y así podré ganar bastante para sacar a mi hijo adelante”. El médico se conmovió ante el valor de aquella chiquilla. Le puso la mano en la cabeza y le dijo “Tu hijo será hombre afortunado o una mujer dichosa… Quizás esté llamado a cambiar este mundo miserable que tú y yo hemos conocido”. Luego, sacando unos billetes de su bolsillo, se los tendió. “Toma –le dijo–, para el viaje. Y que Dios te bendiga… que Dios os bendiga”.

– Seguro que ese doctor se llamaba Ángel.

– Seguro… Debía de ser de alguna de esas “oenegés” sin fronteras, de esas que andan por los países pobres o en guerra.

– ¿Y María se pudo venir a España?

– Sí. No te creas que le fue fácil... Pero al final consiguió llegar a casa de Isabel, que se alegró con la noticia de que su prima iba a tener un hijo; también ella, como él médico, le auguró que el niño o la niña que iba a tener podría llegar a ser alguien muy importante: un sabio que ayudara a avanzar a la humanidad, un revolucionario que transformara la sociedad, un científico que venciera la enfermedad… Mas, de momento, María tuvo que ponerse a  trabajar en la limpieza de una casa, al servicio de un hombre mayor, que se había quedado viudo…

– … Y que se llamaba José.

– Eres muy lista. Si quieres lo cuentas tú…

– No, sigue, sigue… Pero es que hay cosas que se adivinan enseguida.

– ¿Si? Pues espérate al final… a ver si es lo que te esperas.

– Continúa.

– José cogió un tremendo cariño a aquella muchacha, que podía ser su hija, pero que, además de trabajar para él, llenaba su casa de alegría y mitigaba su soledad. Cada día que pasaba se sentía más cercano a ella y, por otro lado, viéndola tan desvalida, empezó a forjarse una ilusión… No me interpretes mal, no es que se hubiera enamorado de ella; la diferencia de edad era muy grande, pero sí empezó a pensar que tal vez, si se casaban, María podría regularizar su situación en España y él, a la larga, podría ser como un padre para el niño que iba a nacer.

– ¿Qué es regularizar?

– Algo que no tenía que haber dicho, porque no sé cómo te lo voy a explicar.

– Pues ahora no tienes más remedio que hacerlo, porque si no, no voy a terminar de entender la historia.

– Quería decir que como ella no había nacido aquí, no podía vivir aquí… ¿Lo entiendes?

– No.

– Necesitaba un permiso y eso no es fácil de conseguir… No a cualquiera se lo dan.

– ¿Por qué?

– ¡Por qué!, ¡por qué! ¿Cómo quieres que yo lo sepa? Supongo que para que quepamos. ¿Te imaginas que todo el mundo se viniera a vivir a España? No cabríamos en las calles, ni en los cines… no habría campo, las gallinas no pondrían bastantes huevos para freír…

– ¿Y para qué iba a venir nadie cuando no hubiera sitio donde estar ni huevos para comer?

– Si quieres que hablemos de eso… dejamos la historia para otro día.

– No, sigue. Sigue….

– María y José, para arreglar sus papeles…

– ¿Para la regularización?

– Sí, para eso, para poder casarse; tenían que viajar constantemente a la ciudad… Otras veces era la policía la que iba a verlos. Nadie se creía que de verdad se hubieran enamorado.

– Tú has dicho que no estaban enamorados.

– Es que no lo estaban… Pero tenían que parecerlo para poder casarse.

– ¿Por qué?

– ¿Ya vas a empezar? Se supone que la gente sólo se casa si está enamorada… Y ellos tenían que convencer a las autoridades de que lo estaban, porque éstas sólo les dejan casarse a los que están enamorados. Y era muy difícil porque ella tan joven, embarazada, recién llegada de otro país… y él tan viejo… Debes de entenderlo. Aquello no le gustaba ni a las autoridades ni a mucha gente del pueblo que le decían a José: “Te va a engañar, sólo quiere tu dinero, sólo está contigo por los papeles”. Pero a él no le preocupaba y, además, sabía que otros a quien criticaban era a él: “Es un viejo verde. Se aprovecha de la situación de la chiquilla”.

– ¿Nadie los apoyaba?

– ¿Quieres que haya alguien a favor de ellos?

– Sí, yo estoy a favor.

– Bueno, pues a parte de ti y de mí, que ya somos dos, vamos a suponer que también Isabel, la prima de María, estaba de acuerdo; y que José tenía algún hermano que, al ver cómo él era más feliz y estaba cada día mejor, también los apoyaba.

– ¿Entonces, se casaron?

– No tengas prisa… De momento, una noche, cuando regresaban de la ciudad en su viejo coche, después de todo un día de andar de allá para acá, de despacho en despacho y de ventanilla en ventanilla…

– ¿No había “ventanilla única”?

– No me seas precoz… ¡No había ventanilla única y tenían que poner pólizas en todos los papeles!

– ¿Pólizas?

– Quiero decir que da igual cuándo o dónde ocurrió esta historia… Que fuera hoy y aquí o hace veinte años en otro lugar. ¿Me dejas continuar?

      Zulema asintió con la cabeza.

– Pues María se puso de parto. Estaban a mitad de camino, en medio de la nada. Ya no podían volver a la ciudad ni les daba tiempo a llegar al pueblo. Pararon en un hotel de carretera; pero enseguida se deshicieron de ellos.

– Les dijeron que no había habitaciones…

– Quizás fuera cierto… Pero eso era lo de menos. Era Navidad y estaban celebrando la cena de Noche Buena, todo el mundo andaba muy ocupado y la inoportuna llegada de aquellos tipos en un momento tan poco apropiado se convertía en un trastorno para los clientes… Les dieron un par de toallas, una manta, una pastilla de turrón, una botella de sidra, y les animaron a seguir su camino. Tuvieron que volver a parar en las primeras casas que vieron habitadas. Era un caserío en ruinas, junto a un corral de ganado y dos o tres improvisadas chavolas, en las que vivían varias familias: la del pastor de aquel rebaño, gitanos y algunos inmigrantes…

– También estarían celebrando la Noche Buena.

– Unos sí y otros no… El caso es que se apresuraron a improvisarles una alcoba y las mujeres, viendo que el parto estaba encima, se enfrascaron con trajín en un quehacer que José, sabiendo que ahora todos lo niños nacen en el hospital, pensaba que ya se había olvidado.

– Y así, a las doce en punto, nació el niño.

– A las doce en punto, sí… Pero fue una niña.

– ¿Una niña?

– Sí… Aunque eso sería lo de menos en esta historia. La criatura que nació llegaba al mundo tan desnuda como todos y, como todos, con la posibilidad de convertirse en un salvador: científico, revolucionario, artista, soñador…

– Científica, revolucionaria, artista, soñadora… O todo lo contrario…

– Quizás… Pero pensemos que no. Al fin y al cabo, pese a lo que pudiera parecer, lejos de la ciudad y los hospitales, aquella niña desnuda no estaba sola: Allí estaba María, con toda su valentía y su coraje; allí estaba José, con la serenidad y la sabiduría que le habían dado los años… Y allí estaban, mudos de asombro, encandilados, aquellos hombres y mujeres que, a falta de una mula y un buey a los que recurrir, se apresuraron a encender un hornillo de alcohol que calentara la habitación; y corrieron a sus casas de madera y lata a buscar con qué obsequiar a la pareja y, como en la otra historia, les llevaron el queso, la leche, la miel, una botella de vino peleón y hasta un paquete de cigarrillo que, como mandan las normas, los fumadores se salieron a encender al raso, bajo un cielo tachonado de titilantes estrellas. Fin.

– ¿Y los Reyes Magos? No puedes acabar así la historia… Cuando se salieron a fumar, en el cielo tuvieron que ver la estrella de la Navidad, con cinco puntas y una larga cola, como los cometas...

– Te equivocas. Esta vez te equivocas, Zulema. La historia se acaba ahí y con ella también acabamos tú y yo. Nada queda. Sólo las palabras. Aunque pueda haber muchas historias parecidas, ésta que te he contado la he inventado para ti; pero ni siquiera tú o yo existimos.

– ¿Y mamá?

– Tampoco. Sólo quedan las palabras, convertidas en relato. Ellas son la estrella de esta Navidad que te he contado. Ellas salen ahora al espacio, al ciberespacio, y empiezan a surcarlo… Miles de personas las verán pasar, quizás a algunos, en pueblos y países lejanos, les llame la atención y descubran que a ellos les corresponde ser los Reyes Magos de esta historia y seguir esa estrella, cargados con tesoros que regalar a la niña que nació.

– Sí… Eso suena muy bonito como final de un cuento… Pero, si no existimos, ¿a dónde los va a llevar esa estrella de palabras?

Aquí. (pinchar)

16/12/2007 00:03 Autor: ramondeaguilar. Tema: Lo que escribo.

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Autor: Miriam Doris

Lindo cuento pero comparto contigo que es un poco largo, lo leí como en 3 etapas.

Te recuerdo siempre, Miriam

Fecha: 22/12/2007 02:35.


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Autor: Pablo

Pues el cuento está pero que muy bien.

En cuanto a la longitud. Bueno, yo pienso que cada historia pide su espacio. Las hay cortas, muy cortas, largas y muy largas.

Aunque, como decía Borges, para qué contar una historia en doscientas páginas si se puede contar en dos (o algo así), y aunque ahora se lleve mucho el cuento corto (incluso el muy corto), leed los cuentos de Cheever, o Capote.

Bueno, no me enrollo más. Que cada historia pide su longitud y esta está muy bien.

Saludos.
Pablo.

Fecha: 22/12/2007 11:27.


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Autor: seguros

¿Qué es la Navidad hoy en día?

¿Qué es la Navidad hoy en día? ¿Celebra alguien la Navidad sensu stricto? ¿Qué queda de la Navidad cristiana en la España de hoy?
Yo diría que poco, casi me atrevería a decir que nada. Para empezar, la celebración del nacimiento de Jesús es algo que ha quedado relegado a las icónicas representaciones de los preceptivos portalitos de Belén de los mercadillos de Navidad. Su significación como un supuesto hecho religioso trascendente ha desaparecido. El personaje de Jesús se ha mezclado y ha caído por debajo de otros personajes, mucho más divertidos, como Papa Noel (Santa Claus), Rudolph el reno de la naríz roja, o los “caganers” del príncipe y de “la Leti”. La tradición religiosa se ha disgregado en sus componentes más folclóricos, ya sean autóctonos o importados, los villancicos, las decoraciones, las comidas y la juerga.
Supongo que esta “banalización” crea una honda preocupación entre los cristianos practicantes, pero yo creo que es una muestra más de la total desconexión con la religión que tiene una gran mayoría de la gente. Aunque la Iglesia se empeñe en indicar que una abrumadora mayoría de la población sigue siendo católica, la realidad es muy distinta. Puede que sobre el papel haya muchos millones de católicos, pero realmente son muy pocos, poquísimos.

Carlos Menéndez

Fecha: 26/12/2007 13:24.


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